Al verle, grité:
—La casa arde; salte por la ventana, pronto, pronto...
Las llamas, que asomando por las aberturas de la planta baja lamían el muro, no habían de tardar en encerrarle. Saltó, y como los gatos, cayó de pie.
Era tiempo. La techumbre de bálago crujió por encima de la escalera que servía de chimenea al fuego de abajo, y una llamarada roja, inmensa, se elevó por los aires ensanchándose como un penacho y sembrando una lluvia de chispas alrededor de la choza.
Segundos después el Pabellón era pasto de las llamas.
Cavalier, aterrado, me preguntó:
—Y ¿cómo ha prendido?
—Han pegado fuego á la cocina.
—¿Quién ha podido ser?
Yo, adivinando, respondí: