—Mario.

El viejo, comprendiendo, balbució:

—¡Virgen Santísima! Por eso no ha entrado...

Una idea terrible, espantosa, acudió á mi imaginación y grité:

—¿Y Celeste? ¿Y Celeste?

El viejo no contestó, pero la casa, hundiéndose en aquel momento, quedó convertida en inmenso brasero, brasero resplandeciente que cegaba, horno formidable en el cual la pobre mujer debía ser ya un carbón rojizo, un carbón de carne humana.

¡Y ni siquiera habíamos oído un grito!

Como el fuego se acercaba al cobertizo vecino, pensé en mi caballo, y el guarda corrió á libertarlo.

Apenas hubo abierto la puerta de la cuadra, cuando un cuerpo ligero y flexible le pasó por entre las piernas haciéndole caer de cara. Era Mario que huía á todo correr.

El viejo se puso en pie en un abrir y cerrar de ojos. Intentó correr para alcanzar al miserable, pero comprendiendo que no lo conseguiría y enloquecido por irresistible furor, cediendo á uno de esos impulsos irreflexivos é instantáneos que no se pueden prever ni contener, se apoderó de mi escopeta, apuntó, y sin darme tiempo para que hiciese el menor movimiento, y sin haberse asegurado antes de si el arma estaba cargada, apretó él disparador.