Durante el invierno, la vieja criada había muerto, y aunque nadie se ocupaba ya de la aventura, yo pensaba en ella sin cesar.
¿Qué habían hecho con aquella pobre mujer? ¿Habría huido corriendo á través de los bosques? ¿La habrían recogido en alguna parte y metido en un hospital al no poder obtener de ella ninguna noticia? Nada podía desvanecer mis dudas, pero poco á poco el tiempo se encargó de desvanecer mi malestar.
Ahora bien, al otoño siguiente había chochas en gran abundancia, y como la gota me dejaba algunos momentos de reposo, me atreví á ir hasta el bosque. Había matado ya cuatro ó cinco pájaros de los del pico largo, cuando tumbé uno que desapareció en un foso lleno de ramas. Bajé para recogerlo, y lo encontré junto á una calavera. Y bruscamente el recuerdo de la loca acudió á mi mente y me oprimió el corazón. Durante aquel año siniestro, muchos otros habrían tal vez muerto en aquel bosque, pero no sé por qué tenía la seguridad de que acababa de encontrar la cabeza de la miserable maníaca.
Y repentinamente lo comprendí y lo adiviné todo. Tendida en su colchón la habían abandonado en el bosque desierto y frío, y fiel á su idea fija había muerto sepultada en la nieve sin mover ni un brazo.
Los lobos la habían devorado después.
Y con la lana de su desgarrado colchón, los pájaros habían construido sus nidos.
Recogí y conservé los tristes restos; y desdé entonces hago votos para que nuestros hijos no sepan ni vean nunca lo que es la guerra.
PIERROT
La señora Lefèvre era una mujer de campo, una viuda medio campesina, medio señora, que se adornaba con cintas y volantes y llevaba sombrero. Era una de esas personas que hablan enfáticamente, que cuando se encuentran en público se dan tono de grandeza, y que bajo un aspecto cómico y abigarrado esconden un alma de bestia presuntuosa de la misma manera que bajo guantes de seda cruda disimulan sus encarnadas manazas.
Por criada tenía á una honrada campesina, muy sencilla, que se llamaba Rosa.