Y las dos mujeres vivían en una casita pequeña, una casita con persianas verdes, que á lo largo de un camino de Normandía se alzaba en el centro del territorio de Caux.
Como frente á su casa tenían un pequeño jardín, en él cultivaban legumbres.
Pero sucedió que, una noche, les robaron una docena de cebollas.
En cuanto Rosa se enteró del hurto, corrió á prevenir á la señora, que bajó vistiendo refajo de lana. Y se produjo una escena de verdadera desolación, de verdadero terror. Habían robado, robado á la señora Lefèvre... En el país se robaba, y el robo podía repetirse.
Las dos mujeres, aterrorizadas, contemplaban las huellas de los pasos y hacían mil suposiciones. «Por ahí han pasado—decían—y subiendo por la tapia han saltado al camino».
Y el porvenir las aterrorizaba, y ya no podían dormir tranquilas.
La noticia circuló rápidamente: los vecinos llegaron, empezaron á discutir, y las dos mujeres comunicaban sus ideas y sus observaciones á cuantos llegaban.
Un labrador que vivía muy cerca les dió un consejo: «Ustedes deberían tener un perro».
Y era verdad; debían tener un perro aun cuando sólo fuese para dar la voz de alarma. Y no un perro grande, ¡santo Dios! ¿Qué harían con un perro grande? se arruinarían para darle de comer. Un perro pequeñito... con que ladrase sería bastante.
Cuando todos se hubieron marchado, la señora Lefèvre discutió largo rato la idea de tener un perro. Y después de reflexionar hizo mil objeciones, aterrorizada ante la imagen de una escudilla llena de comida, pues pertenecía á la raza parsimoniosa de las señoras del campo, que llevan siempre unos céntimos en el bolsillo para dar limosna ostensiblemente á los pobres que se encuentran en los caminos y ruidosamente los domingos en la iglesia.