Rosa, que quería á los animales, daba sus razones y las defendía con astucia. Y así llegó á decidirse que tendrían un perro, un perro pequeñito.
Empezaron á buscarlo, pero sólo encontraban perros grandes, enormes, perros que engullían cazuelas de sopa cuya sola vista hacía estremecer. El tendero de ultramarinos de Rollenville tenía un perro pequeño, pero exigía dos francos con objeto de resarcirse de los gastos que para criarlo había hecho. Y la señora Lefèvre declaró que estaba dispuesta á dar de comer á un perro, pero que no lo compraría nunca.
Ahora bien, el panadero, que estaba al tanto de cuanto ocurría, llevó una mañana en su carrito á un animal amarillo, casi sin patas, con cuerpo que recordaba á los cocodrilos, cabeza de zorra y rabo de cerdo, que podía servir para el caso. Uno de sus parroquianos quería deshacerse de él, y la señora Lefèvre, al enterarse de que no había de costarle nada, lo encontró perfecto. Y Rosa le dió un beso, y al preguntar cómo le llamaban, el panadero contestó que «Pierrot».
Y ya tenemos á Pierrot instalado en una vieja caja de jabón, y por primera providencia le ofrecieron agua. Y Pierrot bebió. Luego le dieron un pedazo de pan: se lo comió. La señora Lefèvre, algo inquieta, tuvo una idea luminosa: «Cuando se haya acostumbrado á estar en casa,—dijo—le soltaremos, y se buscará la comida vagando por el pueblo».
Y, efectivamente, poco después le soltaron, lo que no apagó su hambre. Por lo demás, únicamente ladraba para reclamar la pitanza, pero preciso es confesar que, en ese caso, ladraba furiosamente.
Cualquiera podía entrar en el huerto; Pierrot iba á acariciar al recién llegado y permanecía mudo.
Con todo, la señora Lefèvre se había acostumbrado á ver al animalito. Y hasta llegó á tomarle cariño, y de tiempo en tiempo le daba pedazos de pan que antes empapaba en la salsa del guisado.
Pero no había pensado en el impuesto, y cuando le reclamaron ocho francos,—¡ocho francos, diablo!—por aquel perrito que ni siquiera ladraba, estuvo á punto de desmayarse.
Y casi inmediatamente se decidió á desprenderse de Pierrot. Nadie lo quiso, y á dos leguas á la redonda no se encontró á nadie que se decidiese á tomarlo. Entonces se decidió enviarlo á la masada.
Enviar á un perro á la masada equivale á darle de comer marga, y á la masada se envía á los perros de que uno se quiere desprender.