En el centro de vasta llanura se distingue una especie de choza, y en ella hay un gran pozo, de unos veinte metros de profundidad, que comunica con una serie de galerías de minas.
Sólo se baja á ese pozo una vez al año, en la época en que se margan las tierras, y por lo general, sirve de cementerio á los perros condenados. Y con frecuencia, cuando se pasa por cerca de la choza, se oyen ladridos furiosos, desesperados, ó lamentos.
Los perros de los cazadores y de los pastores huyen con espanto de ese pozo siniestro; y cuando alguien se asoma al hoyo, percibe abominable olor de podredumbre.
Allí dentro ocurren dramas lamentables.
Cuando una bestia agoniza allí, alimentándose durante diez ó doce días con los restos de los que la han precedido, un nuevo animal, más grande y más vigoroso, viene á hacerle compañía. Y los dos se encuentran hambrientos, brillantes los ojos. Se acechan, se siguen, y se contemplan ansiosos. Pero el hambre aprieta, y se atacan y luchan con encarnizamiento. Y el más fuerte domina al más débil y se lo come vivo.
Cuando se hubo decidido enviar al pozo á Pierrot, se dedicaron á buscar un verdugo. El peón caminero que cuidaba la carretera pedía dos reales por llevarle, y eso pareció exagerado á la señora Lefèvre. Un vecino se contentaba con veinticinco céntimos, pero eso era mucho todavía, y como Rosa hizo observar que mejor sería que le llevasen ellas mismas pues así no le brutalizarían por el camino ni le dejarían adivinar su triste suerte, se resolvió que las dos irían al caer la tarde.
Aquel día le ofrecieron una sopa con una cucharada de manteca, sopa que se tragó golosamente meneando la cola, y Rosa se lo puso en el delantal.
Andaban de prisa, como merodeadores al cruzar una llanada, y no tardaron en distinguir el pozo y en llegar á él. La señora Lefèvre se asomó al hoyo para enterarse de si había algún perro en el fondo. No, no había ninguno, y Pierrot estaría solo. Entonces, Rosa, que derramaba abundantes lágrimas, le besó y le arrojó por el agujero: y las dos se inclinaron escuchando atentamente.
Primero oyeron un ruido sordo, luego un quejido agudo, desgarrador, quejido de bestia herida, y, más tarde, una sucesión de gritos de dolor: llamadas desesperadas, súplicas de perro que imploraba con la cabeza levantada hacia la abertura...
Y Pierrot ladraba, ladraba...