Se fueron presas de horribles remordimientos y poseídas de un miedo loco é inexplicable; y se fueron corriendo, corriendo... Y como Rosa anduviese más de prisa, la señora Lefèvre le gritaba: «Rosa, espérame, espérame».
Por la noche fué víctima de espantosas pesadillas.
La señora Lefèvre soñó que se sentaba á la mesa para comer, pero al destapar la sopera, veía á Pierrot dentro. Y Pierrot le saltaba á la cara y le mordía en la nariz.
Despertó y creyó que le oía ladrar, pero después de haber escuchado atentamente se convenció de que se equivocaba.
Se durmió de nuevo y se encontró en una carretera interminable que recorría á pie. Y de pronto, en medio del camino, distinguió un cesto, un gran cesto abandonado, y ese cesto la llenaba de terror.
Por fin se decidía á abrirlo, y Pierrot, que estaba dentro, le mordía la mano y no la soltaba; y ella, enloquecida, echaba á correr llevando al perro suspendido del brazo, al perro, que por momentos apretaba más y más las mandíbulas.
Al amanecer se levantó, y, medio loca, llamó á Rosa y juntas corrieron al pozo.
Pierrot ladraba, ladraba aún, y sin duda había ladrado toda la noche. La señora Lefèvre rompió á sollozar y para llamarle empleó mil nombres cariñosos. Y él respondía con todas las inflexiones tiernas de su voz de perro.
Ella quiso volverle á ver, y se prometió hacerle dichoso hasta que llegase la hora de su muerte.
Se encaminó á casa del pocero encargado de la extracción de la marga, y le contó lo que le ocurría. El hombre escuchaba sin chistar. Cuando ella hubo terminado, el pocero dijo: «¿Usted quiere su perro? Pues le costará cuatro francos».