Un escalofrío recorrió todo su cuerpo, y repentinamente su dolor desapareció.
«¡Cuatro francos! Ahí era nada, ¡cuatro francos!».
El pocero replicó: «¿Usted cree que voy á llevar mis cuerdas y mis utensilios, ir allá con el chico y exponerme á que su maldito perro me muerda, sólo por el gusto de devolvérselo? No haberlo tirado».
Y ella se fué indignada: «¡Cuatro francos!».
Al llegar á su casa llamó á Rosa y le dió cuenta de las pretensiones del pocero. Y Rosa, siempre resignada, repetía: «¡Cuatro francos! Eso es mucho dinero, señora!».
Y luego agregó: «¡Si le llevásemos comida para que no muriese de hambre!».
Con sincera alegría la señora Lefèvre aprobó la idea, y se pusieron en marcha llevando un gran pedazo de pan con manteca.
Lo partieron en pedazos, y se lo arrojaron á Pierrot hablándole una después de otra. Y el perro, en cuanto se había tragado un trozo, ladraba para pedir el otro.
Y volvieron por la tarde, y al día siguiente y todos los días; pero sólo iban por la mañana.
Ahora bien, un día, en el momento de dejar caer el primer pedazo de pan, oyeron un ladrido formidable. ¡Habían arrojado á otro perro, y claro está, eran dos!