Rosa llamó: «Pierrot» y Pierrot ladró y entonces le arrojaron la comida; pero ellas distinguían perfectamente un choque terrible, y oían luego los quejidos de Pierrot, mordido por un compañero que, como era el más fuerte, se lo comía todo.
Inútil era que gritasen: «Es para ti, Pierrot, es para ti». Pierrot se quedaba sin nada.
Las dos mujeres se miraron, y la señora Lefèvre dijo con acritud: «Yo no puedo dar de comer á todos los perros que tiren al pozo. Preciso es renunciar».
Sofocada, sólo al pensar que todos aquellos perros podían vivir á expensas suyas, se puso en marcha llevándose el pan que le quedaba, pan que se fué comiendo mientras andaba.
Y Rosa la siguió, y con su delantal azul se secó las lágrimas que arrasaban sus ojos.
EL MIEDO
Después de comer subimos á cubierta. Ante nosotros el Mediterráneo, bañado por la luz de la luna, se extendía sin que una sola arruga se dibujase en su superficie. El enorme buque resbalaba lanzando al cielo, lleno de estrellas, una gran serpiente de humo negro, y detrás, el agua blanca, agitada por el paso rápido del pesado navío, batida por la hélice, espumeaba, parecía retorcerse, y agitaba tantas claridades que cualquiera hubiera creído que la luz de la luna estaba en ebullición.
Y allí estábamos seis ú ocho, admirando en silencio la costa de África hacia la cual nos dirigíamos. El comandante, que sentado entre nosotros fumaba un cigarro, reanudó la conversación iniciada durante la comida.
—Sí,—dijo—aquel día tuve miedo. Mi barco permaneció seis horas con esa roca en la barriga y batido por la mar. Afortunadamente, al llegar la noche nos recogió un barco carbonero inglés.
Entonces, un hombre muy alto, de tostado rostro y grave aspecto, uno de esos hombres que se adivina han cruzado grandes países desconocidos en medio de incesantes peligros y cuya tranquila mirada parece conservar en sus profundidades algo de los extraños paisajes vistos, uno de esos hombres que parecen templados en el valor, habló por vez primera.