Las impresiones que recibimos de niños, influyen sobre nuestro espíritu para toda la vida. ¿Qué deberán pensar esas tiernas criaturas tan traídas y llevadas en estos días alrededor de la estatua de Mendizábal? Sus maestros, autoridad respetable: Es preciso que vayáis, niños míos, á ofrecer el homenaje del porvenir, que sois vosotros, al grande hombre, al hombre glorioso ... Y el gobierno, autoridad suprema que dice: No dejéis á los niños que se acerquen; esas manifestaciones son peligrosas en edad temprana; exponer á los niños á los rigores del calor, de las apreturas, de la oratoria progresista ... Además, ¿quien os ha dicho que Mendizábal fuera tan grande hombre? ¿Porque tenga una estatua en la plazuela del Progreso?

Esa estatua, mantenida sobre el pedestal gracias á la tolerancia sin límites de los muchos gobiernos conservadores que no se han dignado concederla ninguna importancia, significa muy poco. La historia no ha juzgado todavía y la moda ... ¡Ah! La moda nos dijo hace tiempo que el figurín progresista era de lo más cursi, y ninguna persona distinguida se atrevería hoy á presentarse en público con la capa de Mendizábal. No saben muchos de los que así hablan, que acaso en el infierno, círculo de los hipócritas, les aguardan aquellas capas de plomo con que el poeta florentino vió pasar abrumados á los más célebres antecesores de Tartufo. Pero, ¿qué pensarán los niños? De un lado, sus maestros; de otro, el gobierno ... Un hombre que merece una estatua y no merece un homenaje ... Para comprender la situación de esas criaturas hay que recordar cuando alguna vez en nuestra infancia, al anunciarse una visita en nuestra casa, olmos murmurar:

—¡Ahí esta ese señor tan antipático!—Y cuando nosotros, mal prevenidos, le mirábamos de reojo, alguno nos decía:—Vamos, da un besito á este caballero, que es muy bueno y te quiere mucho ... Y estas primeras impresiones que recibimos de niños, influyen sobre toda la vida ... No se debe decir á los niños que un señor es antipático, cuando después hay que decirles que le besen. No se deben levantar estatuas cuando después hay que prohibir á las nuevas generaciones que las saluden con respeto.


Las vacaciones del veraneo ... ¡Si fueran tales vacaciones! ¡Pero son descanso para tan pocos! ¿Quién puede decir que deja sus cuidados, sus preocupaciones, sus afanes, al tomar el tren ó el automóvil que ha de llevarle lejos de todo menos de sí mismo? El hombre político á esperar los periódicos y á prodigarse en declaraciones y conferencias, la dama elegante á fatigar su belleza en bailes, comidas, excursiones, «flirts», á lucir media docena de «toilettes» por día, á lanzar un atrevido «tanagra», ya que el desnudo artístico ha sido sancionado por los tribunales franceses; el sportsman á continuar pendiente del «poney» de polo, del balandro, del automóvil y del tapete verde, el escritor á exprimir los sesos por estupendas crónicas, artículos, comedias; el hombre de negocios á pensar en la futura escuadra, en una nueva emisión de duros sevillanos, en los que se arruinan con el veraneo, en las fincas de posible hipoteca; los novios en llenar pliegos de papel, si ausentes; si juntos, en continuar las interminables charlas de cuello vuelto, el «allumage» sin escape de gases, tan perjudicial á los motores ... Las esposas á desesperarse porque el marido gasta mucho, y los maridos á rabiar porque la mujer despilfarra. Y los pocos que pretenden descansar y olvidarse de todo, los contados que cambian en absoluto de vida, ¿no son aquellos para quienes se definió el veraneo: «Los ocho primeros días descansa uno del cansancio, los siguientes se cansa uno de descansar»?

Si observamos la terraza del casino en cualquier playa elegante, basta comprender lo que es el veraneo para muchos. De una parte, el mar; de otra, la fachada del Casino: gente que pasa y entra y sale ... Todos se sientan de espaldas al mar, que con razón murmura más que nunca, pero no tanto como los que le vuelven la espalda.


La exhibición de desnudeces en los escenarios de París trae alarmados á los que no asisten nunca á los teatros. Fué siempre condición humana la de preocuparnos más por la paja ajena que por la viga propia. Los tribunales intervinieron con un tacto exquisito. El teatro y las «cocottes» son instituciones en París muy respetables, para que la misma justicia no se mire mucho antes de dar un fallo que pueda disminuirlas en sus prestigios. Y así fué en este caso, mejor dicho en estos dos casos, pues fueron dos los sometidos á sentencia. En uno de ellos la absolución fué completa y con todos los pronunciamientos favorables: se trataba de arte, arte puro; los desnudos eran vivas esculturas, pero la carne no es menos sagrada que el mármol cuando la carne copia del mármol blancura y reposo. En el otro caso, ya hubo que estrechar la manga de la toga. Los desnudos ya se animaban, ya no era posible confundirlos con estatuas, ya pasaban á cuadros y demasiado vivos. En la moralidad hay grados. Primero, la escultura sin color y sin movimiento; después, la pintura, que se anima con colores; por último, la carne viva con toda la expresión del color y del movimiento. Mientras la carne copia á la estatua, vamos pasando; si llega al cuadro, fruncimos el entrecejo ... pero si se empeña en ser carne, ya no podemos tolerarlo.

La estática, buena; la dinámica, mala: esto es lo que han fallado los jueces. Al contrario de muchos medicamentos, en el teatro puede usarse el desnudo, pero sin agitarlo.

¿Qué dirá el público de nuestros teatros sicalípticos, en donde anda el movimiento más que nada y por el movimiento se disimulan algún tanto anatomías nada esculturales y muy poco pictóricas? ¿Qué dirán los insaciables del molinete y de la cadera?