En la sección de ganadería, hay ejemplares magníficos. Toros dignos de ser amados por Pasifae; caballos, por Semíramis.
Un toro negro, de dulce y paternal mirada, como un patriarca bíblico, nos promete dilatada sucesión y con ella pródigas provisiones de sabrosa leche y suculentos solomillos.
Vacas suizas nos hablan de praderas idílicas, ovejas y corderos de todas castas, al ser acariciados por manos de marquesas, evocan pastorales de Versalles.
Allí están nuestros famosos merinos, y la oveja castellana, y la andaluza, y las inglesas, de cabezota redonda (como los puritanos de Cromwell) y de lana apretada, que parecen talladas en piedra por escultores medioevales. Y razas cruzadas, muy dignas de consideración en estos tiempos. Y el caballo Orlof, digna cabalgadura de un héroe victorioso, para bracear sobre laureles y rosas. Y caballos andaluces de jacarandosa estampa, y tantos bellos animales, á los que nunca amaremos bastante.
Porque no hay animales fieros; si algunos lo parecen, es porque el hambre ó el hombre (no es juego de palabras) los hostiga. Pero ellos agradecen nuestros cuidados y nuestras caricias; ellos nos ofrecen sumisos su fuerza, y al someterse al hombre, parecen someterse á su natural destino. En su mirada, ó hay alegría ó dulce resignación; tristeza, sólo cuando su dueño los maltrata.
¡Como nos enseñan á vivir y á morir los buenos animales; algo hermanos nuestros porque son hijos también de la Tierra, madre de todos!
Si el príncipe Hamlet, prototipo de la duda aunque, como todos los escépticos, creyó en lo más dudoso, la eficacia de las representaciones teatrales para descubrir secretos,—aseguraba que hay algo en cielo y tierra á que no alcanza nuestra filosofía, ¿por qué no hemos de creer en ese algo? Si toda fe nos falta, tengamos fe en la fe.
Próximo el centenario de los Sitios de Zaragoza, aquel milagro de heroísmo sobrehumano, en que todos pudieron admirar á un pueblo más tullido que todos los tullidos, sin creencia y sin esperanzas en lo humano, levantarse y andar y estremecer con su empuje al mayor imperio moderno, ¿por qué hemos de sonreir y burlarnos escépticos de un humilde milagro?
Bien se que las burlas de los descreídos hubieran sido más irrespetuosas si de otra imagen se tratara. El Pilar es algo muy respetable, y mal aconsejado estaría el que á estas fechas quisiera milagrear á su costa, sin un hecho, todo lo maravilloso que se quiera, pero hecho al fin indudable, que después cada uno puede explicarse á su manera: desde el milagro divino hasta la sugestión hipnótica ó el histerismo, hay explicaciones para todos los gustos. Hay cosas que parecen sobrenaturales y son las más naturales del mundo.