Tengamos fe en la fe, no sonriamos demasiado pronto. ¿Quién sabe si aún no veremos mayores milagros?
Si algún día, un imperio absorbente ó un disolvente anarquismo, hubieran conseguido borrar las fronteras de todos los pueblos, el último patriota que sucumbiría sería un aragonés sobre la última piedra que marcaría una frontera: el Pilar de Zaragoza.
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Si la felicidad se consiguiera por leyes, decretos, reales órdenes, ordenanzas, bandos y demás literatura oficial, España sería la nación bienaventurada entre todas; pero si el infierno, según dicen, esta todo el empedrado de buenas intenciones, es posible que también esté empapelado de leyes españolas.
Esta novísima de la colonización interior es otro bello trozo de literatura, y por si no pasará de serlo, ¿por qué no añadirle algunos comentarios poéticos?
Esa colonización interior sería una gran empresa si para ella no se contara sólo con las naturales gentes del campo. La trasfusión de sangre es de tanto interés para el organismo físico como para los organismos sociales. Colonizar el campo con gente de la ciudad sería verdadera y meritoria colonización.
La tierra en España es sólo un lujo de ricos ó una esclavitud de pobres. Grandes propiedades mal atendidas por sus dueños y otras tan reducidas que apenas ofrecen la porción de tierra que basta, como suele decirse, para tener donde caerse muerto, no digamos de qué vivir mientras se muere.
Hay en las ciudades un proletariado burgués, el que más padece y menos grita, que se consideraría dichoso con poseer un pedazo de tierra en el campo. Es un gran error creer que el habitante de la ciudad no ama el campo. Ofrecedle facilidades para llegar á el, dádselas para poseerlo y veréis con cuánto más amor lo cultiva y hace suyo que quien vivió siempre en el y ya lo mira como indiferente ó enemigo.