Sean donaciones de tierras el premio de los buenos servidores del Estado, el pago de muchas de esas clases pasivas que acaso llevan vida inútil y vergonzosa en las ciudades. Ellos llevarán al campo cultura social y el campo les dará en cambio salud y alegría. La tierra no pide sólo brazos fuertes que la trabajen con dureza, como quien golpea ó hiere, pide también quien la mire con amor; y nadie la amaría tanto como esos proletarios que vivieron siempre en vivienda alquilada, muy tasado el terreno, y el sol y el aire aún más tasados. Esos que en un día de fiesta en Madrid, van en bandadas como peregrinos del sol, hacia el Retiro, hacia la Moncloa, hacia los Cuatro Caminos, á emborracharse de luz para muchos días, ¡como serían felices sobre un pedazo de tierra suyo, donde el sol es el buen padre de la tierra que á su calor fructifica y florece, no el astro avergonzador de la gente pobre con su luz indiscreta que descubre el brillo de la ropa usada y las grietas del calzado viejo!
No me atrevería yo á censurar la prohibición de las capeas en nombre de las sacrosantas costumbres nacionales, pero á trueque de incurrir en el enojo de Mariano de Cávia, me atrevo á censurarla por exceso de sensiblería mía, no de la orden, que á primera vista parece bien intencionada.
Pero considerando que en esas capeas tomaban la más activa parte los más brutos de cada pueblo; considerando que en la mayoría de los casos había cornadas providenciales; considerando que todo ello era indulto de infelices mujeres, condenadas de por vida á marido bruto, alivio para el Estado de candidatos al ingreso, aumentando sus cargas, en establecimientos penitenciarios, considerando que, llegado el día de la fiesta, habrá sus motines y algaradas que darán lugar á mayores barbaridades, pues es casi seguro que en muchos pueblos no admitirán á la Sociedad de Conciertos, como festejo digno de sustituir al toro, considerando que las escuelas de casi todos los pueblos y aldeas de España no tienen mejor uso que servir con sus ventanas de palcos y talanqueras para presenciar con relativa seguridad la gallarda fiesta; considerando que si damos en lavarnos la cara no van á conocernos, vengo en opinar que la orden sería más efectiva, plausible y meritoria, de haber ido precedida de otra: la ley de Instrucción obligatoria; porque los lugareños son gente maliciosa, y como sólo les llegan del poder central órdenes prohibitorias, no será extraño que algún día se cansen y digan: ¡Todo es prohibir, prohibir! ¿Y qué nos dais en cambio? Que nos manden siquiera un cinematógrafo.
Todas las mujeres tienen una edad para parecer más hermosas ó menos feas. No siempre es la juventud, como puede creerse. Hay géneros de belleza que se acomodan mejor con la madurez y hasta con la ancianidad. Cuántas veces la que conocimos francamente fea de joven, nos sorprende á su declinar con un agradable aspecto.
Hay también bellezas por horas, á las que favorece más ó la mañana ó la tarde ó la noche, sea por la luz, sea por los trajes propios de aquellas horas.
Para ser hermosa á toda edad, á todas horas y á todas luces, es preciso ser la forma de Arte que nunca pasa, como dijo Leonardo de Vinci.
A las ciudades les sucede lo mismo que á las mujeres. Hay de ellas que sólo parecen bien en invierno, otras que entonan mejor con la suavidad otoñal, otras que sólo son bellas en verano.
A París, por ejemplo, le sientan bien las estaciones crepusculares; primavera y otoño, como belleza cansada que se defiende de la luz cruel con velos y pantallas. A las viejas ciudades flamencas y castellanas les dice bien la lluvia, bajo un cielo como de cristal esmerilado. Granada y Córdoba, á pesar de su oriental carácter, entonan mejor en el invierno. Sevilla, en cambio, sólo se concibe inundada de luz.