Madrid también es hijo predilecto del sol y necesita de toda su luz para parecer algo. En los días de invierno, con sus tejados parduzcos y la pobreza de su caserío, visto á lo lejos, parece de un color de puchero viejo, y bajo la lluvia como lamentable trapo de mil remiendos desteñido al mojarse.

Pero al sol es como prisma que rompe la luz en destellos de pedrería. Ya sus remiendos parecen labores de tapiz oriental, los revoques desconchados de sus fachadas reflejan el oro y el rosa como granitos y mármoles preciosos. Su gente también parece engalanada: la mayor baratura de las telas veraniegas pone en las calles la alegría de sus colores claros.

Esas pobres y simpáticas cursis, tan mal pergeñadas en invierno con sus abriguillos de sutil pañete, que á nadie engañan, y al frío mucho menos, con sus boas de pluma de pavo casero y sus manguitos ó sus estolas de piel, en que aún palpita el último maullido de la víctima, con sus caritas anémicas amoratadas y sus narices arreboladas y sus ojillos lacrimosos por el frío, esas pobres cursis que tanto deben odiar el invierno, con ellas más que con nadie despiadado, ahora son reinas de calles y paseos, ahora lucen con valentía batistas y gasas y muselinas y arrogantes sombreros de paja con sus flores vistosas ó su golpe de guindas entre verde hojarasca que la lluvia y el sol no han descolorido todavía.

Madrid es suyo en este tiempo. Son las mariposas de su primavera. Pero como dijo el poeta: ¿Es que los pájaros se esconden para morir? Digamos también: ¿Dónde se esconderá en invierno tanta pobre cursi? Porque todas estas que véis ahora no las volveréis á ver hasta otra primavera y otro verano, aunque las busquéis en el paraíso del teatro Real, en las galerías de Palacio en los días de capilla pública ó en las funciones de sociedades de aficionados.


En Copenhague, un actor y marido ha disparado unos tiros sobre su dos veces compañera, en la vida y en el teatro, al terminar ella de bailar con otro actor un vals que, por lo visto, se las traía. ¡Para que se fíen ustedes del teatro del Norte!

Se atribuye á los celos el arrebato del marido; pero como da la casualidad de que el valsecito había entusiasmado al público, vaya usted á saber si no serían los aplausos los que pusieron al actor, antes que marido, en el disparadero. ¡La psicología de los actores es tan complicada!

De cualquier modo, los matrimonios siempre son ocasión de disgustos en el teatro; sólo sirven para dificultar el buen reparto de las obras y para desilusionar al público.

Cuántas veces oye uno durante una representación:—Me parece que la fulana (el nombre de una actriz) engaña á su marido.

—No lo crea usted; si es un matrimonio modelo.