Yo las deseo á todas que el primer libro abierto ruede días y días por mesas y sillas y mecedoras de terrazas de hotel ó de balneario, con un pico doblado, nunca más allá de las veinte primeras páginas. Será la mejor señal de que el veraneo ha sido agradable para ellas. Que la lectura sea el refugio de vuestras institutrices y señoras de compañía. Cuando hayáis leído todos los libros del mundo, no seréis más bonitas y acaso seréis tan ignorantes. Los libros no enseñan nada cuando, al leerlos, aún podemos preguntar: ¿Será verdad esto? ¿Será así?
Y cuando podemos decir, al leerlos: ¡Qué verdad es esto! ¡Así es!, ya es tarde; la vida nos ha enseñado más que todos los libros, y tampoco pueden ya aprovecharnos de nada.
Las autoridades de algunas regiones de Francia infestadas de lobos, acordaron en una ocasión conceder á los cazadores una cantidad, bastante apetitosa, por cada lobo presentado. Y sucedió ... ¿Que todo el mundo se dió á cazar lobos en aquellas regiones?, dirán ustedes. De ningún modo; á lo que se dieron fué á criarlos como á hijos y á cuidar por todos los medios de que no acabara la casta, para ir cobrando; hasta que las autoridades, más que paternales, maritales siempre, en esto de ser las últimas en enterarse, cayeron en la cuenta de que no es el mejor modo de acabar con los lobos el convertirlos en fuente de ingresos saneados para mucha gente.
He aquí un sucedido que debieran tener en cuenta esas autoridades que se sirven de confidentes, delatores y todo linaje de soplones, para descubrir y cazar malhechores de cualquier especie. Por natural ley económica, la demanda crea la oferta. Paguen ustedes por descubrir anarquistas y los anarquistas no se acabaran nunca y las confidencias se irán complicando como novelas por entregas, y con todo esto les sucede á las autoridades celosas lo que á esos maridos, celosos también, que acuden á una agencia de informaciones para que le averigüen si su mujer le engaña, y al cabo de gastarse muy buenos cuartos, confidencia va, confidencia viene, acaba por enterarse de que precisamente el que trata de pegársela con su mujer es el director de la agencia.
XIII
¡Por qué se veranea? ¿Por huir del calor? Las mismas ó mejores razones habría para huir del frío en invierno. Y aún el huir del calor sería un motivo si los que veranean fueran á los polos ó á la América del Sur, á empalmar invierno con invierno; pero la mayoría va á lugares en donde el calor, cuando aprieta, no es menor que en Madrid, aunque exornado con mosquitos, pulgas, orfeones y otros alicientes. En esos días de calor excepcional—los fondistas y patronas del norte siempre le llaman excepcional—tienen los veraneantes el consuelo de pensar como aquel espectador de toros en tendido de sol: ¡Si aquí estamos así, como estarán los de enfrente con el resistero! Suele suceder que los de enfrente estamos más frescos y más comodos, pero no es cosa de telefonear ó telegrafiar para que rabien los de fuera, ya que se han gastado su dinero. Ellos, en cambio, tienen días muy frescos; tan frescos, que casi siempre van acompañados de ventiscas ó chaparrones, y hay que pasarlos encerrado en casa ó en el cuarto de una fonda y con los balcones cerrados; de modo que ... ¡fresco perdido!
¿Se veranea por cambiar de vida? Nada de eso; el ideal de todo veraneante es encontrarse con el mayor número de gente conocida y hay que ver con qué exclamaciones de júbilo se saluda á los que van llegando, aunque sólo se los conozca de vista. ¡Dicha completa si la tertulia reunida es la habitual de Madrid, sin faltar un amigo! Y si la compañía que actúa en el teatro es también madrileña y representa las mismas obras que en Madrid nos aburrieron; y si en la Plaza de Toros ocupamos localidad equivalente á la de Madrid y alrededor se sientan los mismos aficionados con los mismos comentarios y las mismas gracias, y en el redondel vemos á los mismos toreros las mismas faenas.