Un navajón tamaño de esos que vemos, ornato de escaparates, con sus arabescos y lemas en la hoja, para mayor gala; un puñalito de esos del precioso saca y mete, como cantan en una popular zarzuela, ¿para qué pueden servir sino es para solucionar á un prójimo, en un abrir y cerrar de muelles, el pavoroso problema la eternidad? ¿Se supone que sólo los compra el coleccionista de armas para colocarlos en una panoplia, ó el extranjero para llevarse un recuerdo más de España, con la pandereta, el abanico, el par de castañuelas y el de banderillas? Y si sólo estos pueden ser los usos materialmente inofensivos de estas armas, ¿no es hora de atajar la superproducción? Y si tales armas tienen otra utilidad que no adivino, ¿no debe por lo menos equiparárselas con las medicinas peligrosas y no despacharlas sino con receta garantizada por algún doctor en medicina social?
No son juguetes que pueda manejar cualquiera, pero mientras cualquiera pueda adquirirlos, despojarle luego de una propiedad que adquirió legalmente es ... por lo menos un contrasentido, y los contrasentidos siempre desprestigian. ¿Que las autoridades tienen el deber y el derecho de prevenir? Ya lo creo; pero antes de registrar el bolsillo del transeúnte que compró el arma, debe registrar el bolsillo del fabricante que la vendió.
¡El acero tiene aplicaciones tan útiles! Además, á la larga, no habría pérdidas para nadie. Cuando esas preciosas navajas de muelle y esos puñales primorosos escasearan en el mercado, los coleccionistas y los extranjeros los pagarían como curiosidades arqueológicas.
Entre tanto, ese procedimiento antipático del cacheo es ... lo de siempre: poner emplastos á los granitos en vez de purificarnos la sangre.
En Valencia se ha vuelto loco un toro y en Córdoba se ha vuelto loco todo un público. Los dos han hecho lo mismo: embestir con cuanto se les ponía por delante. El público se puso en tal estado de indignación por la mansedumbre de los toros. La locura del toro esta más justificada: fué de indignación por la fiereza de los hombres. Se vió acosado, acorralado, enchiquerado, y pensaría: ¿Pero qué va á ser esto? Y decidió morirse, dispensándonos un favor; porque si tanto se indigno con los preliminares, si hubiera llegado á la lidia, ¿qué de cosas no hubiera ido mugiendo de nosotros á los elíseos pastos? ¡«Azafrán», «Azafrán»! Tu sangre de toro sería excelente, pero no era sangre española; los españoles nos dejamos lidiar hasta el fin. Además, nunca te perdonarán los aficionados sus ilusiones defraudadas. ¡Lo que hubiera hecho ese toro en la plaza! Menos mal que á los pocos días pudimos consolarnos, diciendo: ¡lo que han hecho esos animales en la plaza!
El caso es que veamos siempre bravura, ó en los toros ó en los toreros ó en el público.
Esta vez sí que nos han dado una buena lección los catalanistas, y no hay que ofenderse por ella, porque si es verdad que nuestra policía les parece deficiente, no hay que decir que han acudido á ellos mismos para suplir la deficiencia. Se conoce que entre los cráneos superiores no se da la protuberancia policiaca, y así lo han reconocido con modestia al buscar un policía del mejor género inglés, tan acreditado en esta especialidad. Así esta bien, y lo bueno debe buscarse donde lo haya mejor. ¡Y ojalá en todo y siempre hubiéramos hecho lo mismo por aquí y otro gallo nos cantara ó no cantara ninguno!
Los lujos hay que pagarlos, y este se paga bien y tampoco hay que censurarlo; de este modo se puede exigir méritos en justa relación con el precio; la verdad, pedir un Gorón ó un Sherlock Holmes por treinta ó veinticinco duros al mes que cobrarán algunos de nuestros modestos policías, es como pedir primores culinarios á una cocinera con tres duros de salario y uno para la compra. La creencia en ultraterrenas recompensas esta muy debilitada en los espíritus modernos, para que nadie haga apostolado de servirnos por nuestra linda cara. Todos sabemos lo que podemos exigir, poco más ó menos, según lo que pagamos á nuestros servidores particulares; sólo cuando se trata de servicios sociales, nos creemos en el caso de pedir gollerías. Por mil libras esterlinas y gastos de mise en scene, los barceloneses ya tienen derecho á quejarse si M. Arrow no les deja aquello hecho un Paraíso terrenal.