En todas las grandes capitales quedan todos los años más de uno y más de dos crímenes impunes; en Madrid, aunque quedaran por docenas, no tendríamos razón para extrañarlo. Con los sueldos mezquinos de nuestra policía, el personal escaso, y ese ocupado de continuo en velar por existencias preciosas ¡quien lo duda! y que aún debieran estar mejor guardadas, pero con personal aparte, lo admirable es que Madrid sea, y no lo duden ustedes, una de las capitales en que menos sucesos ocurran. Descuenten ustedes muchos de esos timos del portugués y de los perdigones, que nos hacen pensar: ¿pero es posible que todavía haya gente tan cándida por el mundo? Y, en efecto, muchas veces el dinero se perdió en el juego ó se gasto en la aventurilla escabrosa, y el cándido forastero necesita que salga en los periódicos la noticia del timo para justificarse con la parienta que le sacará los ojos si otra cosa creyera. Del mismo modo hay muchos robos y atracos de la más pura auto-sugestión, y las culpas son siempre para la policía, que no diré yo que sea perfecta, ni mucho menos, á poco que se piense en como esta pagada. Aquí, donde para ser lógicos, ya que hay maestros con cinco duros al mes, necesitaríamos policías con cinco mil al año. En cambio, si tuviéramos maestros con cinco mil duros al año, acaso nos bastara con policías á cinco. Para la gente pobre, ya se sabe, al cabo del año lo que no va en alimentos, se va en botica, y la verdad ¡con cinco duros de alimentación espiritual, todo debía ser poco después para remedios!

Esperemos esa segunda lección de los catalanistas. ¡Un maestro de escuela con mil libras esterlinas de sueldo! Eso sería ... como el título de la última obra de Mark Twain: «Better than Sherlock Holmes»; traducido para que no lo entienda míster Arrow y no quieran entenderlo sus importadores: «Mejor que Sherlock Holmes».


¿Qué especie de curiosidad ha llevado á la vista del juicio de Soleilland á tanta Eva, aunque en lo corporal vestidas por Doucet, Redfern ó Paquín, en lo espiritual sin la menor hoja de parra para encubrir su desvergüenza?

¿Era como una tardía manifestación de protesta que pudiera significar: ¡Ah, estos hombres! He aquí un crimen que cualquiera de nosotras hubiera podido evitar á tiempo?

¿Era la figura simpática del criminal, divulgada por la fotografía, la que acaso les hacia creer en una probable inocencia, demostrada por alguna revelación imprevista en el transcurso del juicio?

¿Ó era este mismo picante contraste entre el físico y el empleo, que dicen por allá, lo que constituía la mayor atracción de Soleilland?

¡La psicología femenina es tan poco complicada como complicada es su fisiología!

De todos modos, en estos tiempos de apacible vulgaridad, sin sacudimientos pasionales, un criminal de cualquier género siempre inspira admiración más ó menos disfrazada. Las mujeres lo disfrazan todo de curiosidad.

Por este sentimiento no será extraño que leamos muy pronto en los avisos particulares de algún periódico de París: «Señora del gran mundo, otoño espléndido, desengaños sentimentales. Desearía ser violentada. Todos los días, entre dos luces, se hallará sola en el Bosque de Vincennes». Lo peor es que no se hallaría sola; para una que se anunciara, hay que pensar en las que acudirían por curiosidad á ver quien era ella y á ver lo que pasaba, aunque las confundieran con la del anuncio y las dieran un buen susto; un susto de esos que se recuerdan siempre en confidencias con las amigas: ¡Para susto el mío! ¡Todavía no me ha salido del cuerpo!