¡Oh, Soleilland, Soleilland! La cabeza te cuesta; pero cuántas lindas y soñadoras cabecitas se han estremecido por ti, como si las acariciaras con tu mano estranguladora, tu mano de asesino, fría como el cuchillo de la guillotina.


Por si no bastaba con el uso muy extendido de las máquinas, han dado las mujeres en escribir con una letra tan impersonal, tan sin carácter como letra de imprenta. Esa letra á la moda, toda líneas rectas, que hace parecer una carta como plana de finos palotes, y todas las cartas iguales, se presta, como los antiguos mantos en nuestras comedias del siglo xvii, á todo género de confusiones y enredos teatrales. ¡Cualquiera sabe qué mano pudo escribir, cuando todas escriben del mismo modo!

Yo no se lo que dirá la grafología de ese carácter de escritura que, ante todo, muestra la falta de carácter de la escribidora. ¡Destruída la emoción de percibir sólo por el sobrescrito si la carta que llega á nuestras manos es la carta esperada entre todas!

Confiad un poco más en nuestra discreción y en nuestra lealtad. ¡Oh, mujeres! Escribid de ese modo á los indiferentes. No hagáis á los que os aman que recuerden con pena aquellas divinas cartas de mala letra y peor ortografía, pero cuyo estilo era una mujer, no todas las mujeres, cualquier mujer, como estas de ahora que, en letra y estilo, parecen copiadas de un solo modelo epistolar para uso de señoras y señoritas que no quieren soltar prenda y siempre pueden tener el recurso de renegar de lo que escribieron: ¡Esa carta no es mía! ¡Es de Fulanita! Pensad que Fulanita es también vuestra amiga y la comprometéis por salvaros.

Con la letra y la ortografía de antes podía escribiros las cartas vuestra cocinera; vosotras tampoco os comprometíais, nosotros nos divertíamos más, y alguna vez la cocinera podía hacer su suerte.


—¿A dónde va usted este verano, marquesa?

—A mis baños, como siempre.

—¿Con el marqués?