En cambio, esos pueblos petrificados que parecen muertos, de raros paseantes sin prisa, que van lentos, majestuosos, como quien nada tiene que hacer en ninguna parte, por su misma quietud nos dan una sensación de eternidad que aleja la idea de la muerte. Pero estos son los pueblos atrasados á los que es necesario llevar, á cañonazos si es preciso, esa vida intensa que llamamos civilización. Vivir ó morir; dormir, no. La civilización, como Macbeth, ha asesinado el sueño.
Y no obstante, no fué en las calles de la gran capital civilizada donde nos pareció entrever la silueta de algún hombre dichoso. Fué en la calleja moruna, sobre una esterilla raída, entre el humo aromado del café y de la pipa, envuelto en su jaique color de pedrusco, el moro inmóvil, anulado el pensamiento, sabedor de toda sabiduría; la inutilidad de todo paso nuestro en la vida cuando todos, lentos ó presurosos, nos llevan á la muerte.
Nuestros gobernantes, tan dicharacheros y sábelo todo cuando de los asuntos caseros se trata, tratándose de asuntos internacionales se tornan graves y silenciosos; y ya se sabe, cuando ellos se encierran en la mayor reserva, ó no piensan nada ó piensan hacer una tontería. Desde Felipe II, llamado el Prudente, que no hizo más que cometer imprudencias, que todavía colean, en toda su vida, debíamos echarnos á temblar cada vez que en España se invoca la prudencia para algo.
Los pies de plomo no fueron nunca buenos para ir á ninguna parte, sobre todo donde sería mejor no ir de ningún modo. La frase vulgar «Con Fulano ni á coger monedas de cinco duros», debía ser un axioma de política internacional con respecto á Francia. ¡Porque cuidado si tuvo siempre mala mano para estas andanzas! Dicen sus admiradores incondicionales que es la única nación que hizo pura política internacional de corazón y por ideal. Será que estas cosas de la política estén reñidas con los arranques cardiacos. Si aún para coger monedas de cinco duros había que tener reparo, ¿qué será por ochavos morunos, que es todo lo que podemos ganar en la compañía, viniendo muy bien dadas?
Entre tanto allá vamos, y quiera Dios que no sea la mil y una salida que hizo ... alguien más loco que Don Quijote; porque Don Quijote, hay que hacerle justicia, embistió alguna vez con rebaños pensando que eran ejércitos, pero no se le ocurrió nunca embestir con ejércitos creyéndolos rebaños.
La competencia de Bombita con Machaquito vuelve á poner sobre el ruedo la eterna cuestión taurómaca: si es preferible un buen torero á un buen matador.
Los públicos meridionales siempre han sido más admiradores de los arabescos con capote y muleta; los públicos del Norte estiman en más la estocada; la hora de la verdad. Los madrileños en esto nos inclinamos más al Norte. Los buenos matadores han tenido siempre entre nosotros mayor partido que los buenos toreros. El madrileño de raza fué gran frascuelista, como sería hoy machaquista si la espada del valiente cordobés contrapesara la muleta de Bombita tanto como contrapesó la espada de Salvador la muleta soberana de Lagartijo.
Por ahora la balanza oscila por días para mayor interés del público, que en España siempre necesita de estas competencias para sostener sus admiraciones.