Como el Guerra no tuvo competidor en su tiempo, el público no podía tolerarlo, y consiguió aburrirle. A lo que esta muy expuesto el Sr. Maura si continúa toreando sin competencia. En España la admiración se cansa pronto. La alternativa de solidaridad, que hizo concebir tantas esperanzas, las defraudó por completo. El espectáculo languidece.
Los toreros viejos cansan al público; entre los novilleros no apunta ningún astro ... ¡Y es tan aburrido torear sin competidores! ¡Y tan triste tener que decir, parodiando al Guerra: Después de mí, naide; después de naide ... Rodríguez San Pedro. Ó aquello otro más expresivo: ¡Qué malos seis toos!
No hay que ser escépticos; como dijo nuestro gran dramaturgo: Algunas veces aquí halla la virtud su recompensa, y no sólo la virtud, sino también el talento, con ser cosa menos estimable. Gracias á nuestras sabias instituciones oficiales, podemos lograr de cuando en cuando este anticipo del reino de Dios sobre la tierra.
La Real Academia de la Historia anuncia un concurso de premios á la virtud y al talento. A primera vista parece que la virtud y la historia habían de andar algo reñidas, porque siempre se dijo de la gente escasa de virtudes que era gente de historia, y por lo general, las personas virtuosas, como los pueblos felices, no tienen historia.
El premio es de mil pesetas, y bien se advierte la sabia previsión de los donantes; con esa cantidad es seguro que el favorecido con el, persevere en la virtud. Con mil pesetas no hay para entregarse á muchos vicios. También se advierte como quiere alejarse toda idea de cálculo al aspirar al premio; porque mil pesetillas, cualquier vicio bien administrado puede dejarlas, más ó menos en limpio, al cabo del año.
Pasemos á las condiciones, y copio textualmente porque no quiero malograr ningún primor de estilo: Este premio será adjudicado á la persona de quien se cuenten más actos virtuosos, ya salvando náufragos, apagando incendios ó exponiendo de otra manera su vida por la humanidad.
Aquí se ve como los señores académicos consideran el valor como virtud; porque á nadie se le oculta que bien puede uno salvar náufragos, apagar incendios y exponer de otras mil maneras su vida, sin ser por eso ejemplar de virtudes. ¿Ven ustedes la incompatibilidad entre ser bombero espontáneo y emborracharse de cuando en cuando? ¿Ó entre arrojarse á las olas procelosas para salvar hasta media docena de náufragos y darle luego en casa una paliza diaria á la parienta?
Tampoco me parece muy bien eso de apreciar como mérito la acumulación de estas proezas. Creo que para cualquier persona de bien ya es bastante asistir en su vida á uno de estos casos lastimosos. Yo desconfiaría del que me dijera haber asistido á seis incendios, diez naufragios y doce epidemias, con alguna que otra tragedia, aunque en todo ello hubiera realizado heroicas hazañas. Más que virtud me parecería ... mala pata. Y perdone la Academia.
Sigamos leyendo, que ahora se entra ya sin equívocos en el verdadero terreno de la virtud. Copio otra vez: Ó al que luchando con escaseces y adversidades, se distinga en el silencio del orden doméstico por una conducta perseverante en el bien, ejemplar por la abnegación y laudable por el amor á sus semejantes y por el esmero en el cumplimiento de los deberes con la familia y con la sociedad, llamando apenas la atención de algunas almas sublimes como la suya.