Y no hay que discutir esa forma de ennoblecerse. De menos hizo una voluntad soberana la más preciada orden caballeresca de Inglaterra.
XVI
El Pernales ha muerto. ¡Viva el Pernales! No puede extinguirse la dinastía. Si tarda en surgir un sucesor de carne y hueso, la fantasía popular sabrá crearle y su espíritu vagará por los campos con todas las apariencias de la realidad. Será sólo un nombre, pero es preciso que ese nombre suene. Necesita de el mucha gente. El marido ó el hijo de familia que se jugó en alguna feria las rentas cobradas, y al regresar, en una carta de letra temblorosa: El Fulano me salió al paso ... sale del suyo. El administrador que ha de justificar distracciones, el pastor á quien se le extravió alguna cabeza de ganado, el cacique que se vale del temido nombre para amedrentar á enemigos molestos ... No hay duda, un bandido es siempre de utilidad pública.
A pesar de la indudable identificación del cadáver, es de creer que sólo ha muerto un fantasma, que volverá muy pronto con otro nombre, con otra apariencia, pero siempre el mismo. ¡Como que á estas horas habrá quien le llore como á uno de la familia! ¡Pobrecillo! El algo robo, pero hay que pensar en lo que le habrán explotado. En España es la condición, para uno que trabaja hay siempre diez holgazanes que viven á su costa.
Hay quien al primer accidente entorpecedor, quisiera dar por fracasado todo invento; al primer tropiezo, declarar inútil y peligroso todo paso progresivo. ¿Que hubo un choque de trenes ó cualquier otro siniestro ferroviario? Volvamos á las galeras y diligencias. ¿Que la luz eléctrica dejó de lucir en unas horas por desperfectos de la maquinaria? ¡Quiten ustedes allá! ¡Donde esté un buen candil de aceite! ¿Que los obreros de una gran fábrica se declaran en huelga y perturban por unos días la siesta y la digestión de los señores? ¡Esas pícaras industrias modernas!
No hay que decir si el motín de los presos en la Cárcel Modelo se habrá prestado á este género de consideraciones, á cargo de nuestros más infatigables retrógrados.
Las novísimas—á ellos les parecen novísimas—doctrinas penales son buenas para el libro, para el gabinete de estudio del hombre de ciencia, pero peligrosas en la práctica. ¿Qué tal? La bancarrota de la ciencia. ¿No es eso?