Todos los penalistas, antropólogos, fisiólogos y psicólogos modernos son unos soñadores utópicos al pretender llevar algo de luz divina y con ella algo de calor humano á la clásica mazmorra carcelaria, la del cantarillo, el haz de sucia paja y su buena argolla con su mejor cadena. Y como procedimientos judiciales, el tormento y la pena de azotes son insustituibles.

¡Oh, el palo! Donde esté un buen palo, que se quiten Lombroso, Ferri y toda la escuela italiana antropológica y el modernísimo inglés Bernardo Shaw, con sus atinadas opiniones sobre el derecho á castigar. Lean ustedes sus consideraciones sobre el último ruidoso atentado anarquista en España, y verán ustedes lo que es demoler; aquí donde se llama demoledor á cualquiera. Y no se trata de un escritor populachero, ni mucho menos. Bernardo Shaw es hoy por hoy el escritor que más se lleva en la sociedad aristocrática inglesa. ¡Pero cualquiera se atreve á traducir lo que allí esta impreso y publicado y todo el mundo lee y á nadie le parece punible! Tampoco tienen desperdicio sus consideraciones sobre el militarismo. Pero todo teorías de gabinete, utopias, locuras, como dirán muchos que, por su gusto, hubieran considerado fracasado el cristianismo el día en que Cristo fué crucificado.

Acaso ignoran los partidarios de toda suavidad penitenciaria que existe otra novísima escuela penal muy de su gusto, que no se anda con rodeos y va derecha á la supresión del delincuente como medio el más expeditivo de defensa social.

Pero aún estos, dentro de su lógica despiadada, hablan de suprimir, no hablan de apalear, ni de atormentar, ni de todas esas brutalidades, encanto aquí de muchos que aprovechan cualquier ocasión para destapar su furia reaccionaria, como si no los tuviéramos bien conocidos.


En otoño es, más que el año nuevo, el verdadero comienzo del año. El año político, el año teatral, el año social, en fin, tienen en el principio más determinado que en el día 1.o de Enero.

Los propósitos de vida nueva son también más decididos en este tiempo. Todo es planes propósitos para el invierno; casi todos basados en el espantable desnivel de los presupuestos. ¡Hay que vivir de otra manera! ¡Hay que cambiar de vida! Y en el reposo de los días otoñales creemos, en efecto, que empezaremos otra vida.

Pero el invierno se aproxima, los teatros anuncian sus abonos y sus estrenos, los salones sus fiestas, vuelven los rezagados con las últimas modas y los últimos automóviles, la política, la Bolsa, la literatura recobran su animación, y el torbellino de la vida, se lleva los buenos propósitos como las hojas secas del otoño ... Y es un invierno más como el pasado, como tantos otros, porque la vida es tan igual que sólo de tantos en tantos años podemos fijar una fecha que diferencie un año de muchos en nuestro recuerdo.

Y esa fecha señalada en nuestra memoria y en nuestro corazón, lleva casi siempre una cruz encima, como las lápidas mortuorias.