Imponentes son en verdad los programas de oposiciones para ingresar en los cuerpos de policía y de correos. Pocos ministros y directores de los respectivos ramos serían capaces de contestar sin un punto á un cuestionario de tantas y tan varias materias. Ya dijo Beaumarchais por boca de Fígaro, que con las virtudes que exigimos á los servidores habría pocos amos que pudieran ser criados.
¡Y todo por mil quinientas ó dos mil pesetas al año! No hay duda que menos cuesta hacer oposiciones á ministro. Todo se reduce á declararse adicto á un gran personaje, jefe de partido, y durante algunas temporadas políticas hacer comedor ó biblioteca en su casa, según las aficiones del conspicuo, hasta que le llegue el día de formar gabinete, en una de esas crisis difíciles en que todos los ilustres del partido promueven dificultades, y el gran señor en un arranque de despecho exclama:—¡Ea, voy á demostrarles que no los necesito para nada! ¿A quien haría yo ministro? ¡Hombre! A Fulano. Fulano es leal por lo menos. Y Fulano, que en aquel momento presenta respetuoso una cerilla con la punta doblada, para que el jefe encienda una breva ó un águila imperial, escucha con la mayor emoción estas palabras:—¡Hombre! Va usted á ser ministro. Voy á demostrar que se puede gobernar con cualquiera.
Ya ven ustedes si estas oposiciones son fáciles, sin saber derecho penal, ni idiomas, ni geografía. ¡Ni logaritmos!
Nuestra municipalidad, haciendo una vez más de la aseada de Burguillos, no ha querido que los puestos de libros viejos afrentaran la suntuosa fachada del ministerio de Instrucción Pública. Y los pobres libros, más traídos y llevados que leídos, han estado á punto de no asolearse este año y seguir en el fondo de las obscuras tiendas, á donde sólo el parroquiano fiel acude á visitarlos de cuando en cuando.
Después tratóse de llevarlos camino del Este, camino que llevaría siempre por gusto de la grey conservadora todo lo que fuera letra y espíritu. Por fin han ido á caer frente á unos cuarteles, para que armas y letras fraternicen una vez más.
Allí volveremos á ver en las estanterías á nuestros buenos amigos de todos los años: la «Historia Natural», de Buffon; el «Teatro crítico», del Padre Feijóo; la «Historia de los trovadores», de D. Víctor Balaguer ... Y en el montón del baratillo, huesa común de los humildes, muchos libros, unos de las más raras materias, pero con una misma historia triste todo: la del autor que los compuso. Penosa historia que lo mismo dice el viejo libro erudito aforrado en pergamino, que el flamante volumen de limpia impresión y vistosa cubierta, con sus páginas sin abrir, virginales, sólo arrancada la primera, donde tal vez campeaba la dedicatoria aduladora al crítico que le pronosticó gloriosos destinos en una de sus más brillantes crónicas; «Este libro es de los que quedan ...» Y en efecto, ha quedado.
Pero en la feria de cada año, al sentirse hojeado por algún curioso, es una ilusión de inmortalidad para el triste libro, como para una mujer fea es una ilusión de amor la mirada más indiferente.
Y para los que sabemos comprender estas tristezas calladas hay en estos libros olvidados, como en las mujeres nunca amadas, un lamento que parece decir: ¡Quién sabe! ¡Si alguien me leyera! ¡Si alguien me amara!