No han de ser conferencias de la paz, ni acuerdos internacionales de los socialistas lo que ha de concluir con las guerras. Las guerras acabaran ... por artículo de lujo.
En unos doce millones de francos, sin contar indemnizaciones ni otras menudencias, se calcula, muy por encima, lo que lleva gastado Francia en su expedición á Casablanca. Millones que tardará en cobrarse, dada la habilidad de los moros en el arte de no pagar al casero.
¡Pensar que toda la mise en scene de la «Iliada», con sus carros de guerra, escudos, lanzas y hasta la maquinaria final del pérfido caballo, supone cuatro cuartos si se compara con lo gastado en cualquiera de estas epopeyas modernas!
Hasta para cantarlas, comparen el gasto de corresponsales literarios y gráficos con lo que costó á Grecia el poema de Homero. Lo que basta, como suele decirse, para hacer cantar á un ciego.
Los tigres del Gran Teatro están presentados con mucho arte. Si no fueran tigres, habría que convenir en que eran grandes actores. Tal vez un poco exagerados. Más feroces que el natural. Pero el teatro no es siempre copia de la realidad.
Como en los conflictos de muchos dramas, no puede uno por menos de pensar: Si los personajes, en vez de esto, hicieran esto otro, no habría drama ó el drama sería otro; con los tigres pensamos: Si uno solo de los zarpazos con que amenazan al domador lo aplicaran á la débil jaula que los encierra ..., el drama sería otro.
Pero, sin duda, los tigres saben que la fácil libertad les duraría poco, porque detrás de los hierros no esta la selva, sino la fuerza armada, por eso se contentan con bufar y enseñar los dientes al opresor visible, que es el domador.
Los tigres no saben que el verdadero amo es el de fuera, el público. Por eso se revuelven contra el domador, no contra la jaula.
Eso suelen hacer los pueblos oprimidos cuando se revuelven. Por eso todas las revoluciones quedan reducidas á lo mismo, á un cambio de domador.