Si la virtud esta en un buen medio, no es de lo alto ciertamente de donde nos llega á los mortales el mejor ejemplo de esa virtud templada de los términos medios. Sabido es que aún no hemos terminado lamentaciones, preces y rogativas para impetrar una benéfica lluvia que remedie en algo los efectos de una pertinaz sequía, cuando hay que empezar á lamentarse; implorar y rogativear para que cesen inundaciones, tormentas y desbordamientos de todas aguas, amenazadoras de un nuevo diluvio que, por no ser universal, es más desagradable. De donde pudiera deducirse que, ó los mortales no sabemos lo que pedimos, ó los dioses inmortales no entienden lo que se les pide.

Tengo además notado que las casas en que hay algún individuo muy devoto, sin otra ocupación que la de implorar el favor divino para toda la familia, suelen ser las más castigadas de enfermedades, quebrantos de fortuna, matrimonios desgraciados, etc.

En los pueblos se advierte lo mismo; cuanta más gente hay en ellos dedicada á implorar por su salud y bienestar, más desdichas les afligen de continuo. Favor señalado y no castigo es esto, que de este modo nos fortificamos en el desprecio de lo terrenal, y lo que perdemos en cosechas de frutos materiales, lo ganamos en cosecha espiritual.

Sin esta creencia sería para desesperar del todo ver que en un pueblo como el nuestro, donde tantos son á rezar, hasta desatender toda otra ocupación, sea siempre de los más azotados, mientras á otros pueblos de herejes y descreídos todo se les vuelve prosperidad y bienandanza.

¡Y como estas calamidades despiertan los más nobles sentimientos! Podemos leer con indiferencia la noticia de que en tal parte han empezado los trabajos para canalizar tal ó cual río, y leer á poco que las obras se estancaron por falta de fondos ... ¿Pero quien no se conmueve al leer que apenas ocurrió la inevitable inundación, todo el mundo inicia suscripciones para remediarla y todo el mundo se apresura á ofrecer su dinero? ¡Oh dinero español, siempre pronto para toda calamidad! Ese dinero que siempre llega para tus hombres eminentes, á la hora del entierro; para tus soldados, á la hora del desastre; para tus pueblos, á la hora de la epidemia ó de la inundación.

A nuestro yermo nacional, como al de los santos penitentes, siempre ha de venir el pan de vida en el pico de los cuervos, agoreros de muerte.


La memoria de las mujeres.—Entre dos amigas:

—No se de quien me hablas.