—Sí, tienes que acordarte ... La mujer de aquel ingeniero, primo de mi marido, que te estuvo hablando de tus hermanos y de tu madre.

—Pues no recuerdo.

—Que llevaba un traje heliotropo con adornos de terciopelo negro y un sombrero negro también con una amazona del mismo color del vestido.

—¡Ah! Ya se quien dices.

XVII

No puedo negar mi debilidad—verdad que esto de las debilidades no sirve negarlo, se trasluce siempre:—me encantan la tiranía y la reacción en los gobiernos. La demasiada libertad debilita y endulza los caracteres, que nunca afirman con tanta energía en su individualidad como al rebelarse contra la opresión del medio, ya sea social, política ó familiar.

Soy enemigo también de las protestas ruidosas y colectivas. ¡Es tan fácil, sin molestar á nadie, hacer un noventa y tres para nuestro uso particular! ¿Y puede haber nada más agradable que sentirse revolucionario á tan poca costa, sólo con buscar un refugio en donde cenar ó beber después de la una y media á despecho de severas leyes? ¿Y á quien le faltará ese refugio? Donde cien puertas se cierran, una se abre, suave y misteriosa, detrás de la cual suele aparecer como apoteosis de la rebelión triunfante, en primer término, algún delegado de la autoridad como hada protectora del establecimiento. El sésamo que nos abre el encantado lugar, tiene algo de santo y seña de conjuración, y todo ello es sabroso como el fruto prohibido.

Siempre fuí de la opinión de aquella gran señora, golosa de helados, que al saborearlos con fruición, decía á sus amigos: ¡Lástima que no sea pecado!