¡Agradezcamos á nuestros moralizadores que hayan hecho pecado de tantas cosas inocentes.
Y no temamos por nuestras malas costumbres. Antes que los gobiernos, el mismo Dios intentó reformarlas con diluvios, asolamientos de ciudades, y, por última vez, con su presencia y predicaciones en la tierra, y nada, la humanidad empecatada sigue lo mismo, los mismos pecados, los mismos vicios. ¡Hay para rato!
Pero, en fin, los gobiernos están en su papel. Como aquel fatalista que, creyendo que todo cuanto sucedía no podía por menos de suceder así, y á pesar de ello, se indignaba cuando sucedía algo que le desagradaba y al decirle los amigos: ¿Pero se cree usted que todo esta escrito porque se incomode usted? Porque esta escrito también que yo me incomode.
Del mismo modo, como son fatales las malas costumbres de los gobernados, fatal es también la tontería de los gobiernos en querer reformarlas. Pero no seamos intolerantes. Hay que justificar los cargos. Si los gobiernos no molestan alguna vez, ¿se notaría que había gobierno?
A los que no acaba de convencernos la necesidad de dividir las horas en morales é inmorales, se nos quiere convencer por la materialidad de la conveniencia higiénica. Y eso sí que es ponerse fuera de la realidad. En lo sano de los madrugones no es posible que nadie crea.
Salgan ustedes una mañanita tempranito, dénse una vueltecita por esas calles, suban á un tranvía, entren en una iglesia, y oirán ustedes toses perrunas y carrasperas y voces catarrosas, y verán ustedes caras de desenterrados que les pondrán espanto. ¡Son los que madrugan!
Las primeras horas de la mañana son en Madrid las más destempladas y variables de temperatura; hay un olor á cieno que penetra hasta los huesos. En cambio á las altas horas de la noche, aún en las más frías del invierno, parece como que el aire se suspende, hay una limpidez, una serenidad en la atmósfera. Además, á esas horas el organismo nutrido por completo (para los que no se nutren todas las horas son iguales), goza la plena posesión de sus energías; el cerebro funciona más activo. Entréguense ustedes á cualquier trabajo, sobre todo intelectual, en las primeras horas de la mañana, con la costumbre española del desayuno frugal, y verán ustedes primores. Yo creo que el mal humor de nuestros empleados y oficinistas no tiene otra causa.
Estoy seguro de que si las oficinas del Estado, las particulares, empezaran á esas horas pecaminosas en que todo ha de cerrarse, sería aquello un anticipo del teatro poético: tan afables y complacientes se mostrarían los empleados.
La mañana es la hora del mal humor, de la destemplanza, de las disputas, de los crímenes. Basta consultar cualquier estadística, para ver que con ser más propicia la obscuridad de la noche, abundan más los crímenes matutinos.