La noche es toda amor, afectuosidad. Lo saben los gatos, lo saben las señoras que dan bailes ... A propósito: ¿en la próxima temporada de invierno terminarán los bailes de sociedad á la hora en que se cierren los teatros ó á la hora en que se cierren los cafés? Hay que advertir que cuando se celebra uno de esos grandes bailes, las molestias del ruido de coches y de músicas es mayor para los vecinos que las que puede ocasionar cualquier café abierto hasta la madrugada. Ó se reforma para todos, ó para ninguno.
Por lo menos, los escotes de las señoras sí deben cerrarse: A las doce y media, si se consideran como espectáculo; á la una y media, si se consideran como restaurant.
Todavía hay ancianos que nos hablan de la aparatosa presentación de Listz en escena, seguido de un lacayo, al que arrojaba desdeñosamente los guantes, antes de sentarse al piano.
Hoy, ningún concertista de reputación se dignaría presentarse con un vulgar lacayo. Para firmar contratos ventajosos, es preciso ir acompañado de una princesa, por lo menos.
Dado el número de altezas reales é imperiales que en estos últimos años han lanzado su corona par dessus les moulins, pronto veremos como hasta en los circos no hay jongleur que no lleve consigo una princesa para alargarle los chirimbolos. Cuando en los carteles de algún teatro aparezca el anuncio: Asistirán sus majestades y altezas, ya sabrá el público que no será en los palcos regios, sino en el escenario.
¡Oh locas princesas! ¿No sabéis que en los cuentos de hadas el amor hace príncipes á los pastores, pero nunca pastores á los príncipes? ¿Tan poco puede la magia del amor en estos tiempos? ¿No pensáis que algún día el pianista más enamorado podrá recriminaros por vuestra ligereza? Me has estropeado la carrera, os dirá. Si no hubieras dejado de ser princesa, á estas horas podía yo ser músico de cámara, director del Conservatorio y acaso ministro de Bellas Artes.
Y tendrá razón. ¡Pobre Catalina de Rusia, si la primera vez que se enamoró de un soldado, en vez de ascenderle á general, hubiera ella dejado de ser emperatriz para hacerse cantinera del regimiento! ¡No hubieran sido bofetadas! ¡Oh locas princesas! ¿No sabéis que aún en las más vulgares aventuras callejeras, el amor, por fin, dice: ¡Sube! nunca dice: ¡Bajo!
Creedlo, bueno esta que perdáis todos los tornillos de la cabeza, pero no el que sujeta la corona. El amor es gran revolucionario, pero por eso mismo, si admira á los príncipes que saben morir, desprecia á los que solo saben abdicar.