No hay idea de la influencia de la estación y de los meses en la literatura dramática. ¡Cuántas obras que parecen detestables en invierno hubieran parecido excelentes en primavera! ¡A cuántos habrá perjudicado el estrenarse en Marzo en vez de estrenarse en Diciembre!
«Don Juan Tenorio», estrenado con mal éxito, no logró el favor del público hasta que halló su día en el de los difuntos. Estrenar en Apolo á la entrada de primavera es una seguridad de buen éxito. ¿Qué autor de experiencia no lo sabe?
¡Ah, el autor dramático debe entender de todo y hasta la Astronomía y la Meteorología son de utilísima aplicación en su arte!
En estas fiestas de Pascua, en las funciones de tarde de los teatros, en las fiestas familiares á ellas dedicadas, lo he observado con pena una vez más; los niños de ahora son tristes, no saben reir, parece que, como Musset, han venido muy tarde á un mundo muy viejo.
Nada les sorprende, como si todo lo supieran. En el teatro son ellos los que preguntan á los mayores: ¿Por qué os reís? Ellos son los primeros que dicen: ¡Me aburro!
En torno del árbol de Noël se muestran graves y desdeñosos, y en los Reyes Magos ya no cree ninguno.
Una mamá se lamentaba de esta disposición de espíritu en los niños.—Figúrese usted que hoy le digo al pequeño: Si no eres bueno, no te llevó al teatro; y me dice: Mejor. ¡Para ver tonterías!
¡Esta seriedad española! Cuando aquí decimos de un hombre que no es serio, le hemos imputado el mayor defecto ... Y los que, por desgracia nuestra, hemos trasmutado los valores, y lo que todos juzgan serio es lo que más risible nos parece, estamos perdidos.
Yo creo, sin duda alguna, que la mayor superioridad de los anglo-sajones, consiste en saber reir, en el desprecio al ridículo. Yo he visto á señoras inglesas muy metidas en carnes y muy entradas en años, lanzarse al vals y hasta al cake-walk, sin la menor idea de que estaban haciendo el paso. A personajes de grave significación social ofrecerse espontáneamente á cantar las más extravagantes canciones de negros, y á distinguidos oficiales de guarnición en Gibraltar, representar una parodia del «Fausto», interpretando papeles de hombres y mujeres: todo ello en presencia del gobernador de la plaza y ante los soldados de la guarnición francos de servicio. ¡Figurémonos el escándalo que esto hubiera producido en España!