Grave es siempre la responsabilidad del autor que es escuchado del público; pero si es al pueblo ó á los niños á quien se dirige, su responsabilidad es mucho mayor.
Lo he dicho en otras ocasiones; calumnian al pueblo los que le creen incapaz de comprender un arte superior á su inteligencia. El sentimiento tiene un seguro instinto y estoy seguro de que solo ante un auditorio popular sería hoy posible en España, sin temor á un fracaso, la representación de las obras teatrales más sublimes; las mismas que no vacilaría en calificar de «latosas» (algunas lo fueron ya), el selecto público del abono.
Sí; tratándose de ofrecer arte al pueblo, soy radical. Nada mejor que algo, si ese algo es malo.
Muy atendible es la consideración de que muchos pobres artistas viven de ese teatro. Me parece muy bien que todo el mundo viva, pero de lo que pueda vivir.
Harto es ya España el país en que decir ¡Pobrecito! lo justifica todo. Menos compasión y más justicia. Los empleos están ocupados por muchos ineptos, pero ... ¡Pobrecitos! Los escenarios soportan á muchos cómicos detestables, pero ... ¡Pobre gente! Hay quien escribe una obra, no porque sepa escribirla, sino porque lo necesita para comer. ¡Pobrecillo! Y todos ellos encuentran en esta compasión mayor apoyo, mayor benevolencia, que el fuerte, el valedor, el útil. Con todo esto hemos llegado á estimar como la mayor prueba de cariño á nuestra tierra que los extranjeros nos digan: ¡La pobre España!
La boda de una Vanderbilt ha epatado á la noble y vieja Europa, con la verdadera explosión de lujo americano, lujo bárbaro, que dicen los americanos latinos, pero lujo que en su misma barbarie es de tanto grandor, no diremos grandeza, que sólo así salva los peligrosos linderos de la ordinariez y la cursería. Un lujo así tiene algo de sobrehumano, eleva el dinero á la categoría de fuerza ideal, única capaz de realizar en lo humano fantasías y caprichos divinos. ¡Toda esa fuerza aplicada á un ideal de Justicia, de Belleza, en vez de aplicarse á un lujo estéril que ni es justo ni es bello!
Cierto, que ese lujo da de comer á mucha gente; no es dinero tirado, aunque lo parezca, esos miles de dollars gastados solamente en orquídeas.
En la actual organización social, sin el lujo y sin los vicios de los ricos la revolución social sería ya un hecho. Cuando gastan su dinero tontamente, cuando se arruinan locamente, es tal vez cuando realizan un principio de justicia.
Y lo que tiene ese lujo de insultante es también un estímulo poderoso, de envidia ó de ira. Piensan unos: «Así quiero ser yo». Piensan otros: «Nadie debe ser así». Y estos dos pensamientos, en apariencia tan opuestos, llevan el germen de una futura y más perfecta organización social.