Aparte de que la rueca no es tan despreciable por ser su ejercicio ocupación de mujeres. Los ingleses tienen un proverbio que dice: La mano que mece la cuna, mueve el mundo. Y esa mano es la de la mujer, la misma que mueve la rueca.
Yo, por mi parte, prefiero figurarme al mover la pluma que muevo una rueca y estoy hilando, que no una espada que corte los hilos de algunas vidas. Pero es un modo de pensar, de sentir, mejor dicho.
Por ser la primera vez que se ha tomado en consideración el voto de las mujeres, el Congreso ha estado muy consecuente, como dicen los chulos. Principio quieren las cosas.
Si los hombres fuéramos agradecidos, la votación favorable hubiera sido más nutrida. ¡Habrá tantos que deban su carrera política á las faldas y habrán votado en contra ó se habrán abstenido! Cuando en los bastidores de la política, tan importante papel juegan las mujeres, ¿por qué impedirles mostrarse en el escenario? ¿Qué se teme? ¿Sus tendencias reaccionarias? ¡Ay! En otros tiempos no lejanos sí era la mujer la que extremaba esas tendencias; pero ahora ¡hay tantos matrimonios en que es la señora la que tiene que retrasar la hora del almuerzo porque el marido esta en el sermón ó en la junta de cofradía! Será dichosa casualidad, pero yo conozco muchas más liberalas que liberales. Cierto que cuando se trato la cuestión de las asociaciones, las señoras dieron una acentuada nota reaccionaria; pero es que esa cuestión no las importaba mucho. Pero que se votara la ley del divorcio y ellas hubieran de decidir con sus votos: reforma implantada; bastaría con que la votación fuera secreta. Y si había de ser pública, todas se disculparían con sus amigas.—Yo por mí no hubiera votado ¡qué horror!, he votado por Fulanita (aquí el nombre de alguna amiga). ¡Para verla vivir como vive con su marido, más vale que se divorcie!—¿Y qué mujer no tiene una amiga á quien favorecer en ese caso?
XXI
Polichinela airado ha sido una vez más protagonista de la tragedia tantas veces representada en el teatro, el drama verdadero de la vida sobreponiéndose á la farsa, el payaso asesino.
Pero esta vez no han sido los celos, resorte dramático, ha sido el arte mismo. Por torpeza ó malicia del apuntador—un autor teatral hallará pronto el revuelo de faldas, móvil de la aventura,—fracaso un chiste de Polichinela y ciego de ira le golpeó el cráneo, como suelen los polichinelas de cartón golpear á sus interlocutores.