El público reía ... En las farsas de la vida es lo mismo; hasta ver sangre y muerte tardamos en percibir que no va de burlas. Actores, siempre queremos parecer trágicos; lo trágico es más noble. Espectadores, siempre queremos serlo de farsas regocijadas.
Hacer reir es la consigna del payaso. Robar un chiste al público era faltar á su deber y el deber es antes que todo. ¡El teatro agranda de tal manera las obligaciones y deberes! ¿No hemos visto dramas en que el protagonista se cree el hombre más desgraciado por no poder casar á su hija con el hombre á quien ama, por el terrible caso de conciencia de que una abuela de la chica tuvo que ver con el abuelo del muchacho?
¡Qué extraño es que el Polichinela agrandara en su imaginación, hecha á las exageraciones de la farsa, la importancia de aquel conflicto! ¡Un chiste menos! ¿Como podía compensar al público? Ofreciéndole á cambio del chiste una tragedia entera.
Lo que puede demostrar la superioridad del género cómico sobre el trágico. Por un chiste una tragedia, y el público todavía no saldría satisfecho y preguntaría: ¿Qué chiste era ese? ¡Nos hemos quedado sin oir el chiste!
Esta vez nos llega de Inglaterra la leyenda del bandido simpático, enamorador de mujeres y de multitudes, leyenda que parecía patrimonio de países meridionales. Aunque los ingleses cuentan con su Robín Hood, antecesor pintoresco y glorioso de Roque Guinart y Carlos Moore.
No conozco Raffles, como novela; ignoro si en ella triunfa la justicia sobre el ladrón «gentleman»; si así fuera, el autor de la adaptación teatral ha comprendido el grave disgusto que hubiera dado al público de teatro, más apasionado é irreflexivo que el lector, si Raffles no quedará triunfante, por lo menos con ese triunfo de final de obra, que el público, sin más discusiones, acepta como definitivo.
Y esta simpatía por los «out-laws»—que como vemos, la historia literaria desmiente, localizada en países meridionales,—esta simpatía universal por los rebeldes á la disciplina social, sobre todo si su rebeldía solo es peligrosa y solo amenaza á lo que no tenemos ó tenemos seguro de no perderlo, ¿no es prueba evidente de una protesta continúa de todos los tiempos y de todos los hombres contra el orden social ... de los demás?
¡Ah, como celebran las hazañas de Raffles los que nada poseen y de buena gana le imitarían! ¡Como le celebran también los que tienen su dinero en valores seguros, resguardados en las cajas de algún Banco inquebrable! ¿Y las damas?... Darían por bien robados sus collares por el gusto de haber conocido á ladrón tan encantador. «¡So lovely!»
La chismografía teatral nos cuenta que en Londres el intérprete del papel es el ídolo de las damas solo con representarlo.