¡No quiero pensar qué sería con el efectivo Raffles! Estos simpáticos bandidos dejan huella muy honda en los corazones femeninos. Por ellos suelen decir muchas, cuando el bandido les roba alguna alhaja de precio y huye, como es natural, de la justicia: ¡Que le busquen, que le prendan! Pero que no le hagan nada ... aunque no parezca la alhaja. Se ve que todo el interés esta en que parezca el, para decirle:—¡Ingrato! ¿Qué necesidad tenías de robarme nada? Yo te lo hubiera regalado todo.


Paréntesis cuaresmal. Meditación, recogimiento y ... ahorro. Los tés sin golosinas, las reuniones sin cena, suprimido el teatro; sus turnos de moda se trasladan á las conferencias religiosas, á cargo de esos buenos melífluos, y mundanos padres de la Compañía, que son una especie de Fernando Díaz de Mendoza en lo de saber como agradar al abono.

En esas conferencias se trata casi siempre de ligeros temas sociales; sólo faltan los nombres propios para que más parezcan prolongación de los chismorreos de sociedad. Su habilidad consiste en que siempre se de por aludido ... el prójimo. De este modo nadie se molesta.

Recuerdo el tole tole producido años ha con el famoso sermón de los descotes, refundición de otro no menos famoso, pronunciado por el abate Boileau ante la corte de Luis xiv: «Sur l’abus des nudités de gorge». Pero los tiempos eran otros y lo que las cortesanas del Rey Sol escucharon con paciencia—claro esta que sin enmendarse,—las modernas devotas no pudieron sufrirlo.

La religión como el arte deben ser ante todo un consuelo, y si los predicadores como los artistas, dan en decir cosas desagradables y en asustar con fieras amenazas ...

Bien lo saben los dulces padres; la severidad no aparta del pecado y aparta de la Iglesia. Dulzura en el púlpito, dulzura en el confesionario ... «¡De la douceur, de la douceur!», que dijo aquel gran poeta y socarrón de Verlaine, que también supo alternar lo pagano con lo cristiano, como nuestras bellas penitentes en estos cuarenta días de «magdalenismo» y coqueteo á lo divino.

La «toilette» es más austera, las conversaciones más graves; si se murmura es por moralizar. Desaparecen los libros profanos y en su lugar se ostenta «La Imitación de Cristo», «El reloj de la Pasión» y otros de serias meditaciones. El ayuno colabora con el régimen para adelgazar, el flirt es compatible con todo, y luego ¡cuarenta días pasan tan pronto! Y el sábado de Gloria las campanas repican, y las faldas, que por algo tienen forma de campaña, revuelan también, y las bellas penitentes parecen rejuvenecidas, como después de una temporada de baños ó de campo ... Porque, eso sí, veraneen física ó espiritualmente, todas vuelven del veraneo y de la cuaresma. Ni el mar ni el campo, ni la religión, pueden más con ellas que este Madrid de sus fatigas y de sus pecados.


Era un tiempo en que el más descreído y despreocupado, sentía avivarse en su espíritu cierto fervor religioso al llegar los días solemnes de la Semana Santa. Pero en estos tiempos de profunda piedad que alcanzamos, tan pródigos en diarias manifestaciones religiosas, la Semana Santa no es más de notar que otra cualquiera en cuanto á lo piadoso se refiere. Más bien por lo mundano, si buen tiempo y buen sol ayudan. No son rostros atormentados por mortificaciones y penitencias, ni siquiera ensombrecidos por austeros pensamientos los que se ven por calles y por iglesias en esos días. Y ¿por qué entristecernos? Sabemos que el sábado han de tocar á gloria; creemos en un Dios misericordioso y una legión de vírgenes y santos intercesores, que han de salvarnos por muchos que sean nuestros pecados. El sentimiento religioso pudo ser alguna vez cruel en España, pero nunca fué triste. No fué triste porque supo mirar al dolor y á la muerte cara á cara. Fué cruel, porque si el propio dolor y la propia muerte no importaban ¿qué habían de importar los ajenos?