Si esta confianza en Dios y esta despreocupación de la muerte fueran tan conscientes ó tan hijas de una profunda fe religiosa como son de irreflexivas y de inconscientes, la raza española sería la primera del mundo. Pero ¡ay! que el despreciar la muerte no es más que la consecuencia de despreciar la vida, y vida y muerte vienen á ser de este modo una sola negación y sólo son verdaderamente grandes los hombres y los pueblos que toda su vida afirman y el morir es para ellos la suprema afirmación de su vida.


Era un tiempo también en que las más bellas y nobles damas turnaban en las mesas de petitorio, y las ofrendas eran cuantiosas. Pero era acaso esta sola vez en el año, cuando las señoras ponían á prueba el desprendimiento de sus buenos amigos. Hoy, todo el año es Jueves Santo para el petitorio; las funciones benéficas, las cuestaciones caritativas son un renglón de los más costosos en el capítulo de las relaciones sociales. Media España vive de la beneficencia de la otra media y hay dudas sobre cual de las dos mitades vive mejor.

Cualquier persona de cierto viso, al abrir la diaria correspondencia, puede estar segura de que entre diez cartas, las nueve serán de peticiones; echarse á pie por esas calles es ir recogiendo memoriales de palabra con toda suerte de peticiones. No son los mendigos más enojosos los que le tienden á uno la mano, sino los que la dan. Y á esos, ¿quien los recoge? No hay idea de lo que aumentarían los donativos para la Asociación de la Caridad, si las autoridades se comprometieran á librarnos á cada uno de nuestros pordioseros particulares.


Ya que nuestros legisladores andan tan remisos en conceder á las mujeres derechos políticos, ¿por qué privarles también del más elemental de los individuales, que consiste en poder hacer cada una de su capa un sayo y de su pellejo un tamboril? Desde el punto de vista estético podrá discutirse la intrusión del feminismo en el toreo. Y será muy discutible el punto, porque desde el traje hasta las monadas inherentes al ejercicio de la profesión, hay en todo ello mucho más de femenino que de propiamente masculino. No digamos de la admiración que el público siente por sus toreros favoritos. Si el espíritu de las colectividades es siempre femenino, el de un público de Plaza de Toros es hembra por los cuatro costados. Acaso es esta la mejor razón de un espectáculo que con otras razones no puede explicarse ni defenderse. Es parte de ese eterno femenino, móvil supremo de todo lo humano.

Pero quedamos en que, por no ser costumbre fundar leyes en motivos estéticos, el ministro de la Gobernación ha fundado en motivos de moralidad y de protección al bello sexo la prohibición á las mujeres de una profesión, no más arriesgada que el matrimonio en la mayoría de los casos y mucho menos inmoral que otras, ¡ay! reglamentadas y patrocinadas por el ministerio de la Gobernación.

Más cornadas da el hambre, y de la enfermería de la Plaza de Toros á la enfermería de San Juan de Dios no vemos que la moralidad ponga tanta distancia—la materialidad ha puesto muy poca.—Pero, en fin, el legislador paternal os protege, ¡oh, mujeres! Os quitan un modo de vivir, pero de morir todavía os quedan muchos. Ahora, que en una Plaza de Toros y ante todo un público, se escandalizaría la gente; en un hospital no lo ve nadie, y los que lo ven no se escandalizan; están acostumbrados.

¡Mujeres toreras! Ya lo sabéis; vuelva el estoque á la vaina. El señor ministro os priva del primer recurso; menos mal que os deja el segundo.