¡Oh piadosa voluptuosidad de la justicia humana! ¿No han leído ustedes la noticia? ¿No les ha conmovido á ustedes? Se ha suspendido la ejecución de un reo por hallarse muy delicado de salud. Temerían que la impresión le fuera funesta.
En cambio, un doctor norteamericano propone que á todo enfermo incurable se le anticipe la muerte. ¿Quién es más piadoso? ¡Vaya usted á saber! Dado lo que tiene nuestra vida de lucha, desde que nos abre la puerta del chiquero, hasta que nos arrastra por la de corrales—perdonen los casados la comparación,—yo creo que siempre hemos de mirar con más simpatía al puntillero que á los demás que intervienen en la lidia.
Y ¿habrá pagado Madrid toda su deuda de admiración y de gratitud con su madrileñísimo músico? ¿Nada más, madrileños? Si fuera así, sería cosa de pensar una vez más en que Madrid es bien ingrata tierra para sus naturales, y es preferible para toda gloria, viviente ó póstuma, ser cabeza de ratón en cualquier lugarejo, que cola de león y hasta león entero, en esta ciudad grande, que quizás por serlo, pone distancias de desierto en las gentes para los nobles entusiasmos aunque las acerque y las una, como en Casino provinciano ó solana lugareña, para el chismorreo, el despellejeo y la maledicencia menuda.
Cuando por esas capitales de provincia, cabezas de partido y hasta villorrios, con más partido que cabeza, se alzan estatuas y monumentos á muertos y á vivos, que no hicieron cosa mejor que firmar concesiones de momios á favor de caciques y mangoneadores, ¿no tendrá en Madrid su monumento el maestro Chueca? ¿Merecerá menos el que alegró nuestra vida honradamente que tantos como la entristecieron?
Y no nos vengan doctorales señores, de esos que piensan haber depurado el gusto, cuando sólo han depurado la envidia y la molestia que les produce cuanto brilla y triunfa, con lo de música ligera, musiquilla, de teatrillo, de piano ...
Los entendidos se extasían ahora con Peleas y Melisenda de Debussy, como expresión exquisita del más puro arte musical. Celebran en ella como el ritmo musical es fiel intérprete del ritmo de la frase hablada. Secreto es este que la música de Chueca había encontrado por genial instinto. Su música tiene todos los ritmos del habla madrileña, al requebrar, al burlarse, al aclamar al torero en la plaza, á los soldados en la calle; es desgarrada y fanfarrona en los chulos, picarescamente llorona en los pobres, desgarbada en los agentes de la autoridad, cursi en los cursis, airosa en los pasos dobles, con el gallardo andar de la gente madrileña, que aprendió á andar al son de músicas callejeras, charangas, pianos de manubrio, guitarras y panderas de estudiantinas, y al andar parece siempre marcar el paso al ritmo de esas músicas de la calle, que espantan á los pobres sus cuidados y su tedio á los ricos.
Si cada uno que se alegró un día á los sones de una canción de Chueca, contribuye ... con poco, lo que se arroja desde el balcón al pianista que alegra la calle, ¿no bastará para perpetuar en Madrid, no la gloria del maestro, sino la gratitud del pueblo madrileño al que alegró su vida? Y alegrar la vida, ¿no es el modo más sabio de hacerla mejor?
Ya que se empeñan en levantarnos ese monumento lúgubre, funerario de la calle Mayor, opongamos un monumento risueño, que no evoque tristezas ni crímenes, por donde se cante al pasar, como la mejor oración y el mejor recuerdo.