Por algo político y cortesía son sinónimos: en las relaciones sociales, ambas obligan igualmente á transigir con el trato de personas poco gratas. La visita de Eduardo VII, rey en el pueblo de las más verdaderas y sólidas libertades políticas, al sombrío Zar de las persecuciones neronianas, en pleno siglo xx, no es de seguro una visita de verdadero afecto. La figura del zar Nicolás fué simpática durante algún tiempo, porque el también parecía, como la primera víctima de su propio poder autocrático, sometido á pesar suyo por la fuerza de una aristocracia feudal y bárbara, contra la que era imposible rebelarse. Pero llegó un día en que tuvo de su parte al pueblo, que sólo le pedía justicia á cambio de amor y lealtad, y su respuesta esta en esa estadística publicada por La Tribuna rusa: sentencias de muerte, deportaciones á millares, víctimas de todas clases, crueldades sin cuento, crueldades inútiles, feroces ... Y la mano que firmó—horrible si firmó sin temblar, más horrible si firmó con el temblor del miedo,—es la que estrecha el rey de un pueblo libre y civilizado, por conveniencia política. ¿Quién se atreve á condenar las abdicaciones de los pequeños ante estas abdicaciones de los grandes?
XXII
En este mes se celebra la fiesta del santo—San Roque es patrón favorito—en muchos pueblos y aldeas de España. La prohibición de las capeas quita á la fiesta su mayor atractivo. Como que no suele haber otro; de modo que suprimir la capea es suprimir la fiesta, esperada con ilusión, que no pueden comprender los habitantes de grandes ciudades, durante todo el año.
Las capeas eran una barbaridad. ¿Quién lo duda? Pero no causa, sino efecto de otras barbaridades. Cuando se cultiva con ensañamiento la incultura de un pueblo; ¿á qué pedirle cultura en un día determinado? Buena esta la incultura para que no piensen, para que labren la tierra sin protestar al sol y al frío, para que paguen su contribución á un Estado al que nada deben ni para nada se preocupa por ellos; para que voten á quien los cuatro caciques mangoneadores ordenan, y ¡ay del que se resista! Buena para sufrir, buena para el servicio de las armas y los embargos del fisco, buena para ser rebaño dócil, conducido á gusto y provecho de cucos pastores ... Para todo eso bien están la ignorancia y la incultura: cuanto más brutos mejor. ¿No es eso?... ¡Pero una capea! ¡Ah! Ese espectáculo inculto, esa diversión bárbara no puede permitirse. Que tengan educación siquiera un día. En las elecciones pueden desquitarse capeando al candidato de oposición, presididos por la autoridad competente.
La fiesta de los pobres lugares y aldeas será triste este año. La capea importará poco, ¡pero es toda la fiesta! Los pueblos son humildes, son resignados, pero su fiesta es toda su alegría del año. ¿Sería tan difícil alegrarles la fiesta y compensar con ventaja la prohibición de las capeas enviando á los pueblos por cuenta del poder central—el odioso poder central—alguna culta diversión; una compañía de actores modestos, un cinematógrafo; poca cosa? ¡La alegría de los pueblos, como la de los niños, es tan barata!
¡Prohibir! ¡Suprimir! ¡Castigar! ¡Pedir! ¿No han de ser otras las palabras del Estado para esos pobres lugares y esas pobres gentes? ¿Sería indecoroso para el Estado tener comediantes y titiriteros á sueldo para alegrar un día la vida, cuando paga tantos para entristecerla en todos los días del año?
Ya se que es demasiado pedir. El socialismo del Estado no puede llegar á tanto. Por ahora se contenta con llevárselo todo y no repartir nada. Quedan prohibidas las capeas. Quedan suprimidas las fiestas. El Estado no esta para divertir á nadie.