La alta política de los estados europeos es incomprensible para las inteligencias vulgares. Un día cualquiera, cuando creemos que no hay mayores motivos para una conflagración internacional que en la víspera de ese día y que en todos los días del año, resulta que sin saber como ni cuando, ni porqué la situación es gravísima; que el conflicto de los Dardanelos se ha complicado; que la supremacía sobre el mar Báltico ha de dirimirse; que Alemania no ve con buenos ojos—los ojos del kaiser—el flirt de Inglaterra con Rusia y con Francia; que Austria é Italia se despegan de la triple alianza; que en vista de la pequeñez de los mares, hay nación que desea arrendar el Mediterráneo ó el Atlántico ó el Pacífico, para uso particular de sus barcos, como si se tratara del estanque del Retiro; problemas terribles todos ellos que, no preocupando ni poco ni mucho á nadie en particular, en cuanto ciudadano inglés, alemán, francés, etc., tienen la virtud de preocupar á Inglaterra, Alemania, Francia, etc., en cuanto naciones y estados. Váyase por los muchos problemas que preocupan cada día á los ciudadanos de esos estados, sin que el Estado se preocupe de ellos para nada.

De un lado va la historia grande, la que se escribe á cañonazos. De otro la historia chica, la que no se escribe nunca, pero vive siempre. El divorcio entre una y otra es mayor cada día; de tal modo, que bien puede arriesgarse la siguiente definición. ¿Qué se entiende por grandes cuestiones de política internacional?—Las que no le importan á nadie en el mundo.


Y va de pintura. Con motivo del triunfo obtenido por Zuloaga en el Salón de París, hemos lamentado una vez más la ingratitud de España, en donde es menos conocido y estimado el nombre del insigne pintor, que en el extranjero. No es decir que no seamos aquí capaces de algún desvío y de alguna injusticia, pero en este caso no sería nuestra toda la culpa. El pintor—¡felices los pintores que por hablar en su arte un lenguaje en todas partes comprendido pueden elegir ambiente para su arte y mercado para sus obras!—no se ha dignado nunca presentar sus cuadros en España; harto hacemos en admirarlos por la fe de fotograbados y de la admiración que en todas partes los proclama por obras maestras. En cambio, cuando llega la hora del entusiasmo no nos detenemos por nada. Para algunos los últimos cuadros de Zuloaga son nada menos que símbolo de España. Esto ya me parece simplificar el simbolismo como en las revistas teatrales, donde basta que salga una tiple vestida con más ó menos fantasía y nos diga: yo soy esto ó lo otro, para que lo demos por bueno. Pero francamente, un enano con un ojo verde, y al fondo unas casucas verduzcas y un cielo verdinegro también, de una parte, y de otra dos brujas, de nariz, barba y dedos retorcidos como de aves de rapiña, podrán ser todo lo admirables que se quiera como pintura, ¡pero decir que eso es toda España!

Bien esta que lo digan los franceses, tan aficionados siempre á las grandes síntesis: el sintetizar ahorra de discurrir, pero nosotros, ¿por qué hemos de decirlo? cuando el mismo pintor al triunfar con sus cuadros de la más legítima escuela española es el primero en demostrar que en España hay algo más que enanos y brujas.


Zaragoza triunfa con su Exposición. Saludemos á la noble ciudad, entre todas las de España, hermana predilecta de Madrid. Entre todos los cantos regionales, la jota, el verdadero himno nacional, fué siempre el preferido de los madrileños; quizás porque nunca se manchó como otros aires regionales, al ser demasiado traídos y llevados como enseña política más que patriótica.

Sin arrogancias, sin bambolla, Zaragoza, que para ser siempre grande, pudo más que ninguna reposar en sus gloriosas tradiciones, ha sabido agrandarse y prosperar y engrandecerse sin molestar y sin presumir. Con sano equilibrio, no atendió solo á los progresos materiales, y su Facultad de Medicina es gloria de una ciencia, que es quizás hoy la mayor gloria de España, que ninguna sigue tan de cerca, cuando no adelanta á la ciencia extranjera. Como en tiempos se dijo de los Argensolas que habían venido de Aragón á Castilla á enseñar el castellano, muchos son hoy los escritores aragoneses de que puede decirse lo mismo, y entre todos ellos no es preciso nombrar en estas columnas al que todos tenemos por maestro.

En la fe religiosa no hay asomos de clericalismo ni de beatería. Ante tu Virgen del Pilar—su inicial es la de Patria,—rinde armas toda impiedad y todo volterianismo. En días tristes, supiste decir que no querías ser francesa, pero con estar tu pilar tan asentado en tierra aragonesa, nadie te preguntó nunca si no querías ser española.

Por todo esto, noble Zaragoza, entre todas las ciudades de España, hermana predilecta de Madrid: ¡Salud y gloria!