A estas horas, si el tiempo ó cualquier otro accidente imprevisto no lo ha impedido, para el público madrileño habrá pasado á la historia del toreo, acaso la más interesante en la historia de España, uno de los toreros más aplaudidos y celebrados en los modernos tiempos.
Inteligente, elegante; de una elegancia un poco afectada, poco vario en su repertorio, fué el torero de las cuatro cosas, pero en esas cuatro, maestro. Tuvo las bastantes tardes felices para ser admirado, y las bastantes tardes desdichadas para no llegar á ser odioso al público y á sus compañeros. No llegó á fatigar la admiración como el Guerra.
Siempre recordaré la corrida en que éste, á lo que se supo después, toreo por última vez, en Zaragoza. Había toreado toda la tarde con el mismo arte, con la misma alegría de siempre; pero el público se resistía al aplauso. A lo admirable decía: ¡Eso ya sabemos que lo hace bien! y no aplaudía; á lo defectuoso se mostraba severo en demasía. Aquel año empezaba á brillar el Algabeño, y el público, deseoso de inventar un torero, se excedía en mostrarle su entusiasmo. Guerra había dado muerte á sus dos toros; intentó ayudar en una de sus faenas al Algabeño, y el público, creyendo que trataba de deslucirle, le obligó con injustas protestas á retirarse. Sentado en el estribo de la barrera, contemplaba la faena de su compañero, el astro naciente. Los pases eran efectistas; esos pases llamados del Celeste Imperio: el público los coreaba con olés, con ese rabioso regocijo de la multitud cuando más que en aplaudir á uno, piensa en mortificar á otro. Gritó una voz: ¡Aprende, Guerra! Y Guerra paseo una mirada en torno del circo, una mirada de profunda melancolía, que era sin duda su adiós á las glorias del triunfo, su amargura ante la ingratitud de la muchedumbre.
¡No fué más triste el adiós de Otelo á sus victorias al dudar de la fidelidad de su amada!
¡Oh público, público; tu nombre puede ser masculino, pero tu alma es siempre de mujer, y más que ella eres pérfido como el mar!
Por suerte no reza contigo el refrán: «A muertos y á idos ...» que para unos y otros guardas lo mejor de tu admiración, y una vez desaparecido el artista, sabes depurar en tus recuerdos todo lo desagradable de su memoria.
¡Feliz el artista que logra sobrevivir como hombre y apartado de su arte puede oir todavía de sus contemporáneos como su nombre es parangón constante á los que permanecen y á los que van llegando!
Antonio Fuentes ha pasado á la historia del toreo. Ya lo sabéis, toreros del presente y del porvenir, los que más le silbaron en su vida taurina, serán ahora los que no dejarán de deciros: ¡Como aquel Fuentes, ninguno!
Salud á todos, el que se retira y los que quedan, para oirlo por muchos años.