La sensualidad de un pueblo de educación frailuna, que se ha bañado poco y en muchos siglos no ha sabido de más desnudeces que las de los Cristos crucificados, inquisitoriales y tétricos.


¡Tanto puede decirse en defensa y apología del automóvil! Aunque no le debiéramos más que el arreglo y mejora de muchas de nuestras carreteras, ya sería para celebrarlo. No diremos lo que contribuye al conocimiento de la geografía y topografía nacionales, al de las costumbres, necesidades y escaseces de pueblos y lugares casi desconocidos antes de quien debía conocerlos, que no toda España esta en sus capitales y ciudades de importancia, y mucho menos cuando se engalanan para fiestas.

El automóvil es progreso y es civilización por donde pasa. Alguna vez, al pasar, atropella; cierta señal del progreso y la civilización que simboliza.

Nunca, á lo menos, podrá decirse por el: A salvo esta el que repica; que si mucho han atropellado los automóviles, no han volcado menos, y si no han sido avaros de la seguridad ajena, tampoco lo han sido de la propia. Vaya en descargo de sus culpas.

Lo peor del automóvil es que ha venido á ser juguete de «parvenus». El que viaja por necesidad ó por recreo, ya tiene buen cuidado de no estropear el viaje con imprudencias. Pero el que solo viaja á corre que te corre, sin que en ninguna parte le espere asunto que le importe, ni en el camino haya belleza natural ni edificio histórico que le interese, el que no tiene más satisfacción al llegar que poder decir: «Hemos venido en cinco horas, á 95 kilómetros por hora. ¿Qué les parece á ustedes?» esos terribles traga kilómetros son el mayor enemigo del automovilismo.

El automóvil utilizado por el industrial, por el comerciante ó por personas de buen gusto para agradables é instructivas expediciones ... Pero, ¿cuántas son las personas de buen gusto que en España tienen dinero? Y el buen gusto sin dinero ... es una patarata, como diría algún solidario.


Yo insistiría, atendiendo la indicación de muchas personas, en lo del monumento á Chueca. En tan buena compañía como Mariano de Cávia, se puede ir gustoso á todas partes, hasta el fracaso. Pero dicho lo que se debía, á otros corresponde hacer lo que se debe, aunque se deba lo que se hace, como dijo el otro. Ni una vez lanzadas estas ideas—¡y ojalá pudiera darles uno la misma autoridad lanzándolas sin nombre!—conviene usufructuarlas demasiado. ¡Hay gentes tan suspicaces que pudieran creer tenía uno interés especial en aprovecharse, ó por lo menos en lucirse á su costa!

Bien se yo que no basta con el primer aviso y que toda insistencia es poca para despertar entusiasmos tan dormidos. ¿Qué fué de los monumentos proyectados á Zorrilla, á Campoamor? Pero váyale usted con insistencias á nuestro publiquito. Mejor dicho, al público no; el verdadero público—nunca nos falte—sabe estimar las buenas intenciones. Me refiero á los maese Reparos, que si ya les molesta ver una firma con frecuente periodicidad, ¿qué será ello si además se repite el tema?—¿Ha visto usted? ¡Otra vez con la misma lata! ¡No hay paciencia!