Estos maese Reparos son los mismos que en cuanto no ven la firma de uno en ocho días empiezan á decir que esta uno agotado. Los mismos, que si la prensa hubiera dejado pasar la ley del terrorismo, hubieran clamado:—¡Eh, qué prensa! ¡Vea usted, toda á los pies de Maura! Y apenas los periódicos llevaban tres días de campaña contra la ley, ya arrojaban el periódico desdeñosos: ¡Vaya! ¡Ya tenemos lata! ¡No saben hablar de otra cosa!

No seré yo quien arrostre su enojo insistiendo en la idea del monumento á Chueca. Tienen la palabra más señores. Mejor dicho, palabras es lo que menos falta hace. Palabras sin dinero, patarata también. No dirá el Sr. Cambó que no le tengo entre mis clásicos.


Aquella discretísima azafata, cuyas memorias nos servía con tanta amenidad el buen Kasabal, no puede consolarse del cambio de los tiempos. Y con ella, aquellas castizas señoras madrileñas, fieles espectadoras de toda gala y de todo ceremonial cortesano, aquellas, tan bien conocidas de D. Benito Pérez Galdós, que sabían describir tan puntualísimamente las carrozas de corte, sus arneses y distintivos, aquellas que conocían á toda nuestra grandeza por sus nombres y caras, y no había para ellas mejor día que el de una jura, boda ó bautizo reales.

¡Como comparar aquellos magníficos cortejos de pomposas carrozas, palafrenos empenachados, pelucas y casacones, por todo un Madrid! ¡que sólo Madrid es corte! con este ajetreo de ahora tan sin ceremonia, los automóviles por la carretera, las damas tocándose de prisa y corriendo, los caballeros sin tiempo ni sitio acomodado para colgarse bandas y cruces y hasta última hora, sin saber quien llevaría el mazapán, ni quien llevaría la vela ...

¡Oh, tradiciones veneradas! ¡Oh, pompas! ¡Oh, grandezas! Las viejas azafatas lloran sin consuelo. Las bocinas de los automóviles las responden burlonas. El recién nacido sonríe á los tiempos nuevos.


No se comprende que la empresa de la Plaza de Toros madrileña haya puesto tantos obstáculos á la corrida llamada de la Prensa. Nadie más interesado que esa empresa en que dicha corrida se celebre en las más favorables condiciones. Si la corrida sale bien, sabido es que una buena corrida es el mejor cartel para las siguientes, y nada pierde la empresa con el buen sabor de boca del público. Si la corrida sale mala, ¡ay! como suele verificarse, ¿dónde hallará mejor razón la empresa para protestar cuando á ella la censuren por sus malas corridas? ¿No será bueno que esos diablos de chicos de la Prensa aprendan en cabeza propia lo difícil que es organizar una corrida y divertir á un público que paga? Si con la flor de los toreros—salvo el capullo de Gaona,—si con toros escogidos y plaza nueva y camino regado, la corrida no dió mucho gusto, que digamos, ¿no prueba esto lo difícil que es garantizar la diversión en fiestas de toros, siendo el arte y valor de los toreros y el coraje de los toros imposibles de contratar para fecha determinada? Por eso creo que nadie más interesado que las empresas en que sus críticos sean, una vez al año, por lo menos, empresarios. Si en todas las esferas sociales fuera posible de cuando en cuando este cambio de papeles, la indulgencia, la tolerancia y la benevolencia mutuas, florecerían naturalmente en los corazones.

¡Ah! Si cada espectador de una corrida hubiera sido una vez siquiera empresario, otra presidente, otra torero, otra caballo y otra toro, ¿quien se atrevería á llamar ¡ladrón! al empresario, ¡burro! al presidente, ¡maleta! al torero, y mucho menos á pedir banderillas de fuego?