Si buscás vivir tranquilo
dedicáte a solteriar;
mas si te querés casar,
con esta advertencia sea:
que es muy difícil guardar
prendas que otros codicean.

En lo que atañe a las armas y la defensa personal, el viejo Vizcacha presta al muchacho unos consejos que parecen arrancados de un código truhanesco del siglo XVI.

Y gangoso con la tranca[41]
me solía decir: Potrillo,
recién te apunta el colmillo,
mas te lo dice un toruno:
no dejés que hombre ninguno
te gane el lao del cuchillo.

Las armas son necesarias,
pero naides sabe cuándo;
ansina, si andás pasiando,
y de noche sobre todo,
debés llevarlo de modo
que al salir, salga cortando...

Después que los dos hijos de Martín Fierro han narrado sus vidas, entra en la pulpería un buen mozo desconocido, que pide venia a la reunión para contar a su vez sus aventuras. Se le concede con gusto la licencia, y el mozo, que resulta ser hijo de aquel sargento Cruz, bizarro defensor de Martín Fierro y amigo de él en el éxodo entre los indios, relata de este modo su vida:

Quedó solo y desamparado, buscó dónde ganarse el pan, y lo mismo que un Lazarillo de Tormes se lanza a los azares de la pillería. Entra a servir en una tropa de titiriteros. Luego lo recogen unas tías, que son beatas y le obligan a rezar innumerables rosarios y novenas. Mientras reza con sus tías, una mulata de la tertulia devota le inspira un amor fogoso, desenfrenado; por mirar a su dama, trabuca los nombres de los santos y estropea las oraciones. Aquello termina mal, necesariamente. Huye de casa de sus tías y cae en pleno vagabundaje.

Anduve como pelota
y más pobre que una rata.
Cuando empecé a ganar plata
se armó no sé qué barullo.
Yo dije: a tu tierra, grullo,
aunque sea con una pata.

La plata que dice ganar es por virtud de sus malas artes picarescas. Helo ahí convertido en un tahur, en un jugador de ventaja. Se dedica a desplumar a todo el gauchaje inadvertido y simplista. Parece un personaje de nuestras novelas clásicas. Le llaman de apodo Picardía... Sus conocimientos en el noble oficio de tahúr no pueden ser más pintorescos.

Al monte, las precauciones
no han de olvidarse jamás;
debe afirmarse además
los dedos para el trabajo,
y buscar asiento bajo
que le dé la luz de atrás.

Un pastel, como un paquete,
sé llevarlo con limpieza;
dende que a salir empiezan
no hay carta que no recuerde;
sé cuál se gana o se pierde
en cuanto cain a la mesa.