Tanto era el encono de Felipe V contra los ingleses, que por Real decreto, dado en El Pardo (abril 1743) imponía—según dice a los gobernadores de Cuba y Puerto Rico—pena de muerte a todos los que comerciasen con los hijos de la Gran Bretaña, á la sazón sus enemigos[369]. Corresponden también al reinado de Felipe V las dos noticias siguientes: es la primera que furioso huracán destruyó (19 octubre 1730), gran parte de la ciudad de San Carlos de Matanzas[370], y la segunda autorizaba (Real cédula del 15 de diciembre de 1735, dada en el Buen Retiro) al conde de Casa Bayona para que fundase una ciudad con el nombre de Santa María del Rosario[371].
Fernando VI, en los comienzos de su reinado, se dirigió desde el Buen Retiro (27 septiembre 1746) al Rector de la Real Universidad de San Jerónimo de la Habana, diciéndole que mantuviese con el gobernador Juan Francisco Güemes y Horcasitas, la buena correspondencia y armonía que tanto importaba al bien público y común, y al particular de los indivíduos de dicha Universidad[372]. Un año después se dió gran combate delante de la Habana (12 octubre 1747) entre la escuadra inglesa mandada por Knowles, y la española que dirigía Reggio. Unas seis horas estuvieron peleando con singular arrojo y tenacidad; pero la victoria quedó indecisa. A los pocos días llegó la noticia de haberse firmado los preliminares de la paz de Aquisgrán (1748).
Dirigiendo—antes de continuar la reseña histórica de Cuba desde mediados del siglo xviii—una mirada retrospectiva acerca del comercio, conviene saber que la Compañía Guipuzcoana, constituída en 1668—y de la cual hablaremos al estudiar Nueva Granada y Caracas—protegió mucho el tráfico. Del mismo modo en el citado lugar registraremos los asientos celebrados con la Compañía Real de la Guinea Francesa y con la Compañía Inglesa del Mar del Sur. El asiento que aquí debemos mencionar fué el que obtuvo D. Antonio Tallapiedra, comerciante de Cádiz, de acuerdo con el capitán general de la Habana D. Juan Francisco Güemes, y por el cual dicho industrial tenía el derecho exclusivo de suministrar cada año tres millones de libras de tabaco a la fábrica de Sevilla (1734 a 1739). Por último, la Real Compañía de Comercio de la Habana, formada de comerciantes y hacendados, por iniciativa de D. Martín Aróstegui y por influencia del citado gobernador Güemes, obtuvo el asiento exclusivo del tabaco (1739) y además el privilegio de exportar a España azúcares y melazas, maderas y cueros, y de importar harinas, lozas, etcétera. Obligóse la Compañía a construir barcos para la marina mercante y de guerra, sostener diez embarcaciones armadas para perseguir el contrabando, abastecer los buques de guerra que fondeasen en la Habana y hacer el tráfico entre la Habana y Cádiz. Gozaban del fuero de marina los empleados y dependientes de la citada Compañía[373].
Por lo que respecta a Beneficencia, no pasaremos en silencio que don Gerónimo de Valdés, obispo de la Habana, hizo fundar en dicha población una casa para Cuna de niños expósitos, y por ello se le dieron las gracias el 15 de abril del año 1713[374].
Tócanos referir uno de los acontecimientos tristes de la historia de España. Como consecuencia del famoso Pacto de Familia celebrado entre Carlos III de España y Luis XV de Francia (15 agosto 1761) comenzó la guerra entre Inglaterra y España, entre Jorge III y Carlos III (comienzos del año 1762). No ocultándose a Carlos III que la isla de Cuba iba a ser uno de los objetos preferentes de la codicia británica, envió en el año 1761 como gobernador a D. Juan de Prado Portocarrero, Mariscal de Campo. Acostumbraba a decir el pedante Prado las siguientes palabras: No tendré yo la fortuna de que los ingleses vengan. En sus comunicaciones al Monarca afirmaba que los ingleses no atacarían la isla, y si la atacasen, serían escarmentados. El que tales cosas decía, cuando el 6 de junio de 1762 vió al almirante Pocock al frente de poderosa escuadra, aturdido y confuso no sabía qué camino tomar. Entre tanto los ingleses desembarcaron el día 7 por la parte del Este, entre los ríos Nao y Cojimar, casi sin resistencia alguna, y el 11 se hicieron dueños de la Cabaña. Poco después ocuparon el castillejo llamado de la Chorrera, que abandonaron los españoles; pero la ciudad, en comunicación con el resto de la isla, recibía subsistencias de Puerto Príncipe, Trinidad y otras ciudades. Como la escuadra española nada podía hacer por su inferioridad a la inglesa, su artillería fué destinada a los fuertes, y los jefes y capitanes de navío pasaron a ser comandantes y gobernadores de los dichos fuertes. Entre los comandantes o gobernadores se hallaba D. Luis Velasco, a quien se le encargó la defensa del Morro. Colocó Velasco a envidiable altura el honor de España. Aunque por mar y por tierra vomitaban bombas y balas rasas 200 bocas de bronce sobre el Morro, el héroe impávido acribillaba las naves enemigas que cruzaban frente al castillo y se defendía de las baterías que los ingleses tenían colocadas en tierra. Ya llevaba treinta y ocho días de cerco. No era posible resistir más tiempo. Dieron el asalto los ingleses. Por ambas partes se peleaba con singular coraje. «El segundo comandante González—escribe el historiador inglés William Coxe—murió en la brecha, y el valiente Velasco, después de luchar denodadamente contra fuerzas superiores, mientras pudo reunir algunos soldados a la sombra de la bandera española, recibió herida mortal en medio de los vencedores, que admiraron su valor»[375]. Entre los que más lamentaron la desgracia del valeroso Velasco se hallaba el general inglés conde de Albemarle. Muertos los bizarros y nunca bastante alabados Velasco y marqués González, la plaza no tenía más remedio que capitular. La junta de autoridades, compuesta del capitán general Prado, del teniente general Conde de Superunda, del teniente rey D. Dionisio Soler, del general de Marina Marqués del Real Transporte, del Mariscal de Campo D. Diego Tabares, del comisario D. Lorenzo Montalvo y de los capitanes de Navío, aceptó la capitulación, quedando firmada el 13 de agosto de 1762.
Del gobierno de la Habana se encargó lord Albemarle (14 agosto 1762), retirándose el almirante Pocock con la mayor parte de su escuadra. Albemarle tomó el título de capitán general: nombró gobernador a D. Sebastián Peñalver y Angulo, y juez civil a D. Pedro Calvo de la Puerta. Continuó la administración en la misma forma que antes; pero se permitió el libre comercio. Retiróse Albemarle en enero de 1763, dejando al frente del gobierno, de la parte inglesa de la isla, a su hermano Guillermo Keppel, y de la parte española ejerció el cargo D. Lorenzo Madariaga, gobernador de Santiago de Cuba. Por la paz de París (10 febrero 1763) España recobró la isla de Cuba, cediendo en cambio la Florida. Francia cedió el Canadá y otros países a Inglaterra. Como compensación de la Florida, Francia dió la Luisiana a España, que más que recompensa fué una carga.
El general D. Ambrosio Funes Villalpando, conde de Ricla, y el segundo cabo D. Alejandro O'Reilly, llegaron a la Habana el 6 de julio de 1763, encargándose del mando con gran contento de españoles y cubanos. Procedióse a la construcción de La Cabaña y a la reparación del castillo del Morro y del Arsenal. También volvió a ponerse en vigor, con disgusto de los naturales del país, el estanco del tabaco. Reorganizóse la administración en sus diferentes ramos, y muy especialmente el servicio de correos terrestres y marítimos. El comercio adquirió mayor desarrollo, haciendo cesar, en alguna parte, el régimen del monopolio. Siendo el conde de Ricla gobernador de Cuba, por Real decreto de Carlos III, dado en Madrid el 3 de julio de 1765, se hizo constar el bizarro comportamiento de D. José Antonio Gómez defendiendo de los enemigos la plaza de Guanabacoa[376].
D. Antonio María Bucarely (1766-1771) dió impulso a las obras de La Cabaña, terminó las del Morro y Atarés, comenzando las del Príncipe. Bucarely fué el encargado de cumplir el decreto de Carlos III acerca de la expulsión de los jesuítas (1767). Otros asuntos ocuparon también la atención del gobernador, y fueron: 1.º, los terremotos que en 1766 destruyeron gran parte de las poblaciones de Bayamo y de Santiago de Cuba; 2.º, el huracán llamado de Santa Teresa, que el 15 de agosto de 1768 causó grandes pérdidas en la jurisdicción de la Habana; 3.º, cumplimiento de la Real Cédula que con fecha 7 de junio de 1770 expidió el Rey dando las instrucciones convenientes a una Junta, ya establecida y compuesta, además del gobernador, del factor, contador y tesorero, para fomentar la siembra, cultivo y beneficio del tabaco[377]; 4.º, ayuda que tuvo que prestar Bucarely al general O'Reilly, encargado de someter a la soberanía de España la Luisiana. Después de tantos asuntos como tuvo que resolver Bucarely, pasó a encargarse del virreinato de México.
El gobernador D. Felipe Fonsdeviela (1771-1777), marqués de la Torre, atendió al embellecimiento de la capital y de otras poblaciones. En la Habana emprendió la fábrica de la Casa del Ayuntamiento, la construcción de la Alameda de Paula, del Nuevo Prado y de otras obras; fuera de la Habana se realizaron no pocas construcciones en Matanzas, Santiago, Trinidad, Sancti Spíritus, Puerto Príncipe, Remedios y Villaclara. Como si esto fuera poco, echó los cimientos de Nueva Filipina, del nombre del gobernador, y que luego se denominó Pinar del Río, del sitio de su fundación. Al año siguiente (1773) se fundó el pueblo de Jaruco; y el 1775, a orillas del Mayabeque, la villa de San Julián de los Güines. Débese al marqués de la Torre el primer Censo de población de la isla de Cuba, que se terminó en 1774: resultó la población total de 172.620 habitantes (96.440 blancos, 31.847 libres de color y 44.333 esclavos). El Arsenal, cuyo jefe era D. Juan Bautista Bonet, de la misma graduación que el marqués de la Torre, recobró su antigua importancia, y de él salieron sólidas construcciones navales, entre ellas el navío Santísima Trinidad, de 112 cañones. Por último, en tiempo del citado gobernador, se fundó el Seminario de San Carlos en el primitivo Colegio de los Jesuítas, se exportó libremente el algodón y se disminuyeron los derechos de exportación sobre los azúcares, aguardiente, etcétera.
Refieren los historiadores que D. Diego José Navarro (1777-1781), aprovechándose de la guerra entre Inglaterra y sus colonias del Norte de América, apoyó al coronel D. Bernardo de Gálvez, gobernador de la Luisiana, para que invadiese la Florida y se apoderara de las plazas de Mobila (1780) y de Panzacola (1781), volviendo de este modo á poder de España aquella colonia, que, como sabemos, fué cedida á Inglaterra en cambio de la Habana. En tiempo de Navarro se puso en vigor la Ordenanza para el libre comercio con las colonias.