supo hermanar con su saber su suerte,
supo lo que en mortal junto no cupo.
Igualó al de Demóstenes su labio;
¿qué no supo él?... Él supo hasta en la muerte
lo más que hay que saber, pues morir supo.
Natural de Lima, donde nació el año 1725, es Pablo de Olavide, doctor en Cánones de la Universidad de San Marcos, oidor de aquella Real Audiencia y auditor general de Guerra del virreinato del Perú. Intervino en las obras de reparación que tuvieron lugar con motivo del terremoto de 1746, y por sus manos pasaron grandes cantidades; pero como algunos dudasen de su integridad, se le mandó venir a Madrid a rendir cuentas. Casó en España con una viuda rica, y desde entonces sus casas de Madrid y de Leganés fueron el centro del buen gusto y de la sociedad más distinguida. Hacía Olavide frecuentes viajes a París y se aficionó a las doctrinas de los enciclopedistas. Protegióle mucho el conde de Aranda y por su influencia fué nombrado director del Hospicio de San Fernando. Alternaba sus obligaciones del destino con el cultivo de las bellas letras, a las cuales era inclinado, llegando a traducir algunas tragedias y comedias francesas.
Asistente de Sevilla e Intendente de los cuatro reinos de Andalucía, cargos que ya tenía en 1767, realizó la reforma de aquella Universidad, no sin respirar odio a los estudios teológicos y filosóficos «cuestiones frívolas e inútiles, pues o son superiores a los ingenios de los hombres, o incapaces de traer utilidad, aun cuando fuese posible demostrarlas...» Protegió las letras y más la Economía Política, y tuvo la dicha de guiar los primeros pasos de Jovellanos. De la tertulia de Olavide salió, entre otras obras, la comedia que el inmortal asturiano intituló El delincuente honrado.
Para remediar la despoblación de España y abrir al cultivo tierras eriales y baldías, presentó un proyecto el arbitrista prusiano D. Juan Gaspar Thurriegel, comprometiéndose a traer, en ocho meses, 6.000 alemanes y flamencos católicos, «y la concesión—escribe Menéndez Pelayo—se firmó el 2 de abril de 1767, el mismo día que la pragmática de expulsión de los jesuítas»[834].
Olavide fué nombrado Superintendente de la colonia, y en poco tiempo fundó hasta trece poblaciones, algunas de las cuales subsisten para eterna gloria de su nombre. Entre los mismos colonos comenzaron las murmuraciones contra Olavide, llegando el suizo D. José Antonio Yauch a quejarse en un Memorial (14 marzo 1769) de la falta de pasto espiritual que se notaba en las colonias, a la vez que de malversaciones y también de malos tratamientos a los nuevos pobladores. El obispo de Jaén confirmó algunas de dichas acusaciones y los visitadores (Valiente, Vall y marqués de la Corona) tampoco defendieron a Olavide. Cuando los ánimos se hallaban predispuestos contra el colonizador, vinieron frailes capuchinos de Suiza, trayendo como superior a Fr. Romualdo de Friburgo, quien hizo causa común con los enemigos del citado Olavide. Si él se quejaba de que los capuchinos le alborotaban la colonia, ellos repetían en todos los tonos de que el colonizador con su irreligión pervertía a los colonos. Fr. Romualdo, ya decidido a todo, delató (septiembre de 1775) a Olavide por hereje, ateo y materialista, o a lo menos naturalista y negador de lo sobrenatural, de la revelación, de la Providencia y de los milagros, de la eficacia de la oración y buenas obras; asíduo lector de Voltaire y de Rousseau, con quienes tenía constante correspondencia; poseedor de imágenes y figuras desnudas; no observante de los ayunos; profanador de los días festivos, y, por último, hombre de malas costumbres. Añadía que era defensor del movimiento de la tierra y que censuraba el toque de campanas en días de nublado.
El Santo Oficio, aprovechándose de la caída y ausencia de Aranda, solicitó licencia del Rey para procesar a Olavide. Vióse en un apuro el colonizador y en carta que escribió a Roda pidiéndole consejo, no tiene inconveniente en declararse católico, por cuya religión «derramaría la última gota de mi sangre...» La carta tiene fecha del 7 de febrero de 1776. Aunque Roda que era tan poco religioso como Olavide, le recomendó al inquisidor general, a la sazón D. Felipe Beltrán, antiguo obispo de Salamanca, fué condenado el famoso colonizador, cuyo autillo se celebró el 24 de noviembre de 1778. Se le declaró hereje y en su virtud se le desterraba a cuarenta leguas de la corte y sitios reales, no pudiendo volver a América, ni a las colonias de Sierra Morena, ni a Sevilla; se le recluía en un convento por ocho años para que aprendiera la doctrina cristiana y ayunase todos los viernes, se le degradaba y exoneraba de todos sus cargos; y se le confiscaban sus bienes e inhabilitaban sus descendientes hasta la quinta generación[835].