Y aquí se nos vienen con sus credenciales más ó menos valederas las lenguas germánicas con el derecho de conquista, y las célticas con el de posesión del territorio románico en España y Francia. La cuestión está en la autenticidad de esas credenciales en cada caso particular. Las lenguas germánicas nos son más conocidas, por lo menos en cuanto á lo que pueden interesarnos para el caso de que se trata; las célticas están rodeadas de nebulosidades, bajo las cuales corren á guarecerse ciertos etimólogos en los trances apurados, que son tratándose de nuestra lengua, en la cuarta parte, por lo menos, de nuestro vocabulario: ¡ahí es nada!
No sólo conocemos la evolución de las germánicas casi tan bien como la del griego y latín, sino que los términos góticos quedan limitados á muy corto número, pertenecientes á la guerra. La mayor parte de los derivados germánicos vinieron, ó del godo medio latinizado, ó por Francia del bajo alemán.
En francés son abundantísimos, y repito que del bajo alemán, sobre todo del antiguo frisón, y algunos del sajón antiguo. Hay que estudiarlos, pues, en el francés, antes de darles aquí carta de naturaleza germánica, y más todavía hay que estudiarlos en los patois de allende el Pirineo. ¿Llegarán á 500 las raíces germánicas del castellano? Mucho lo dudo. Quedan todavía casi la mitad de las raíces castellanas por aclarar. Esta sola enunciación escandalizará á los romanistas. Apelo á los hechos. Abran el Diccionario por la ch, por la j, por la z y aun por la b y la g: tropezarán en cada 20 vocablos de las primeras y en uno sin otro de las segundas de estas letras: quiero decir que para un término claramente latino en las letras ch, j, z, hallarán 20, por no decir 40, que no sabrán explicar si no es á fuerza de contorsiones, y por uno latino en la b ó en la g, hallarán tal vez otro que no lo parece tanto.
Y aquí es donde yo quisiera ver á los más aguerridos romanistas valerse de las leyes fonéticas, tal como se aplican en la escuela de Bopp, Curtius, Schleicher y Brugmann. Dejarían pronto el latín á un lado, confesando paladinamente que el latín de nada sirve en tales casos. No falta quien en ello convenga, prefiriendo la ignorancia al error. Pero algunos están por el latín á todo trance. ¿En virtud de qué leyes fonéticas se sacan empatar de impedire, baile de baiulus, cecina de kigen, chicha de scissa, chichón de cicer, chinche de cimex, china de stein, chillar de ululare, zarpar de harpadzo, chivo de capreolus, chorro de sorctus? Ni por el sonido ni por la idea tienen atadero. De iocus se han sacado nada menos que chiste, chueca, chusco, chacota, jugar... ¡qué se yo cuántas palabras más!
«Chalán: del arábigo challab», que no suena así en árabe, sino djalãb. «Chapaleteo: de kolaptein, golpear de plano». ¡Cambiando ko en cha, lap en pal! «Chaparra: del vascongado chabarra, derivado de abarra, encina, roble»; sólo que abarra no significa ni tiene que ver con eso, ni la Fonética puede aquí nada con todos sus bisturís y algunos más. «Churre de escurrir, churro de spurius, chirumen de saturamen...»
Paréceme que todo esto es maravilloso en grado superlativo; pero por el descaro en reirse del público. Eso no lo escribe el de Coria, aunque se lo paguen, y eso lo ha escrito no la Academia, porque es imposible que hombres tan eminentes jugueteen tan puerilmente; eso lo ha escrito alguno que quería pasar por filólogo y lingüista. Tener la frescura de derivar cha-morrar por esquilar de caput mutilum, ya es tener frescura, é ignorancia del castellano, donde morra vale cabeza, y el prefijo cha-, za-, sa-cortar ó un pedazo en sa-humar ahumar un poco, za-herir herir un poco, cha-purrear estropear el habla (apurra desmenuzar en eúskera), cha-podar podar un poco, etc., etc.
Ya he dicho que la etimología castellana necesita algo más que el latín. El celta y el germánico, el teutón, el gálata y el frigio son burladeros y nada más.
Otro burladero es la onomatopeya. ¿Podrán decirme ustedes qué onomatopeya ó remedo natural hay del objeto en cháchara? ¿A ver? Imitemos la «abundancia de palabras inútiles», por ejemplo, la abundancia del «voz imitativa», que pega á multitud de vocablos el etimólogo del Diccionario oficial. ¿Qué voz imitativa hay en chacón, en chapurrar, en chasquido, en chicharrón, en chirlar, en chirriar, en chisguete? ¿Qué significará chisguete? ¿No les suena á ustedes á... chisguete? «¡Es voz imitativa!» Yo al menos no sé de qué. ¿Y chuchear, churrupear, zambomba, zangarrear, zaparrazo...?
Verdaderamente, eso no es serio: es lo menos que se puede decir.