Pero hay otro lidiador que aguarda para entrar en la liza la última hora, á quien puede temer el mundo entero. No hablo del señor Múgica, que ha tiempo anda acicalando sus armas allá por la sabia Alemania, aunque bien pudiera ser que se nos presentara el día menos pensado. Hablo del originalísimo fundador de la ciencia cocotológica. Bohordos parecerán sus pajaritas, pero tras ellas vendrán las huestes revolucionarias de una juventud modernista, que acata sus órdenes y espera una señal de sus negras y brillantes pupilas. Tiene hechos, al decir de algunos, hondos estudios sobre la evolución del castellano, y me sospecho que su libro el día que aparezca, si es que amanece ese bienhadado día, ha de estallar como una bomba.

¿Y qué hacen otros dos caballeros, por apellido Robles los dos, que no vienen, de Santiago el uno, á continuar sus trabajos fonéticos, el otro de Ávila, á mostrarnos los que tiene preparados acerca de la prosodia castellana? Y no quiero citar arabizantes y otros filólogos de más recóndita erudición. Yo tengo mis esperanzas de que los estudios lingüísticos han de acabar por levantarse en nuestra patria de la postración en que han caído hace más de tres siglos.

Lo que más se echa de menos en los autores que escriben por acá acerca del castellano, es esa gimnasia bien enderezada y duradera en la Fonética, tal como la enseñó Bopp y la han ejercitado los lingüistas alemanes en las lenguas indo-europeas. El análisis concienzudo del griego y del latín, amén de algunas correrías por las lenguas ario-iranias y aun por las germánicas, aunque sin hacer en ellas tanto asiento como pretendía Ayuso, es el fundamento de la educación lingüística. Sin él se podrá florear y parlar más ó menos elegantemente á lo Max Müller, bien que sin ahondar como él, ó endilgar algún artículo de revista; pero no hay poder dar un paso en la etimología ni en la gramática. No son estos asuntos de pura erudición, cuyos datos quepa tomarlos confiadamente de mano ajena. Siempre me pareció la Lingüística muy semejante á las Matemáticas en esto del rudo y largo aprendizaje que entrambas requieren. Lo bueno es que en España no se ahonda en el latín ni en el griego, por lo menos de esa manera maciza y sosegada, especie de gimnasia intelectual que se hace descomponiendo vocablos en sus temas, raíces y sufijos, cotejándolos con los de otras lenguas emparentadas y con los antiguos de la misma lengua, entresacando las leyes que rigen las mudanzas y la evolución fonética, y todo lo demás que abarca la verdadera lingüística hoy en uso. Aquí hemos de sonrojarnos confesando llanamente que nada de eso se nos alcanza, y mucho será que no lo tengan algunos que pasan por lingüistas como cosa baladí y de menos valer.

En lo que toca al estudio del castellano, el aprendizaje y preparación para entrar en él con buen pie, abraza todavía algo más.

No basta el estudio del latín, como lo entienden los romanistas, que se ciñen á él y cercenan lo que el primer maestro Dietz y el sentido común piden no se cercene. El caudal de las lenguas románicas, mayormente del castellano, se deriva de otras varias fuentes, que han de tenerse bien conocidas. Acaece no saber los romanistas nada ó poca cosa de las lenguas germánicas, es muy corriente no entender jota de árabe, y menos del habla prerrománica de España, del eúskera ó vascuence.

En cambio los arabizantes no poseen bastantes conocimientos en lo que atañe al indo-europeismo y al romanismo. Desvíanse así á la una ó la otra banda, y no hay quien pueda mirar á entrambas y juzgar por sí del conjunto.

Del eúskera no hay para qué traerlo á colación. Cuando no se halla etimología llana ó forzada en las demás lenguas, aunque sea en la de los zulúes ó patagones, se coge á Larramandi, y se sale del atolladero sin poder aquilatar lo que él diga, porque el eúskera es lengua endiablada, cerril y que no merece la pena de acordarse de ella. El elemento latino es del mayor momento para el castellano. Pero para un romanista es tan claro como el agua en nuestro romance. Ábrase, si no, el Diccionario y hágase la prueba de analizar cualquier término derivado del latín. Convengo en que tropiezos los habrá; pero lo ordinario es que la comparación fluya limpia y segura, que los cambios fónicos se expliquen con toda facilidad. ¿En qué consiste, pues, que los autores hallen tan espinoso el camino que parece de suyo tan llano? En que creen ser latino lo que no lo es, en que no se tienen bien en cuenta las demás fuentes del castellano, como vamos á verlo en seguida. Y no se atemorice alguno con que le vaya yo á salir ahora con el indispensable conocimiento del árabe, de las lenguas germánicas y célticas, del persa, del sanskrit, hasta del frigio y del gálata: ya que á todas ellas acude el Diccionario de la Academia para desembrollar las etimologías. El sanskrit no explica ninguna palabra castellana, si no son de esas contadísimas que han pasado antes por toda Europa; el sanskrit aclarará los radicales greco-latinos, no las palabras castellanas. En cuanto al griego no sé cuantos vocablos nos habrá dado directamente sin pasar por el latín, á no ser del tecnicismo moderno: creo que ni uno solo; para las verdaderas dificultades etimológicas del castellano, el griego no da ninguna luz.

El elemento arábigo no toca á la Gramática, fuera del sabido fenómeno de la prefijación del artículo al-, a- en vocablos conocidos. El caudal léxico que el castellano tomó del árabe ha ido disminuyendo pasmosamente hasta quedar reducido á contados términos pertenecientes á la industria y agricultura. Los trabajos de Simonet y de Eguilaz y Yangüas nada dejan que desear: hay que desechar en ellos algunas etimologías, que no son arábigas ni orientales, pero no que añadirles, tal vez ni una sola. Es, pues, un trabajo de selección, que requiere el conocimiento de las lenguas semíticas, pero no exige profundos estudios especiales. El sello de raza se echa de ver, por lo demás, al momento. Sólo sí se necesita conocer bien los sonidos arábigos y sus correspondientes al pasar al castellano las palabras orientales. Los trabajos de los citados autores, los de Baist, los de los textos aljamiados y la obra de P. de Alcalá son guías seguros que no dejan lugar á duda.

La dificultad empieza en una multitud de vocablos, comunes á la mayor parte de los romances, inexplicables por el latín, y en otra todavía mayor, si cabe, exclusivos del castellano.