«Lo que podemos afirmar ahora, sin temor de errar, es que el lenguaje no le hemos recibido tal y conforme hoy le poseemos»[3]. ¡Valor necesitaba para afirmar, sin temor de errar, que Adán no habló el castellano del siglo XIX! Pero mayor se necesita para añadir: «Todas las lenguas son analíticas, porque preciso es descomponer el pensamiento para enunciarlo, además que la palabra es un instrumento de análisis, no un principio; es la expresión un medio para la consecución de nuestro fin, y por esta razón las primitivas lenguas son sintéticas, porque dejan en el pensamiento muchos puntos que analizar»[4]. ¿Quieren más?
«En el Asia había siete lenguas, entre éstas estaba el sánscrito propio de los indos, llena de dialectos, todos derivados de este idioma... De los muchos dialectos que de él se derivan hay dos principales, que son el hammiar ó de Oriente..., y el de Occidente, que fué el de la Meca, ó sea el coreisch, idioma en que Albu-Bekr escribió el Korán». Todas estas noticias las sabe el Misántropo de muy buena tinta, como que las ha leído (sin estar escritas, que es lo notable) en Cantú.
Otras más estupendas. Dice que como «el idioma originario de los españoles no era grato al oído, ni se prestaba fácilmente á la pronunciación, adoptaron (los españoles) el del Ejército romano»[5]. ¡Por manera que no se prestaba á la pronunciación la lengua que únicamente habían sabido pronunciar hasta entonces!
Bastan estas citas para entrever los insondables repliegues de la sabiduría de este eruditísimo autor. Y para no despedirnos de él dejándolo á solas, justo será le acompañe su mejor amigo ó inspirador el Sr. Barcia, cuyo solo nombre elogio complido es asaz: «La celebérrima obra del Sr. Barcia, dice al hacer el recuento de los que han escrito de nuestra lengua, obra nueva en su género, nueva en su doctrina, nueva en su forma, nueva en su estudio, nueva en su formación y hasta nueva en sus conclusiones; pudiéndose afirmar sin temor de errar que es un justo tributo á la Literatura Española y engrandecimiento de nuestras Letras el Primer Diccionario de la Lengua Española etimológico, distintivo que honrará siempre á su autor, que por satisfecho puede darse, viendo que su trabajo, tan magnífico, tan excelente, ha cubierto el inmenso vacío que verdaderamente quedaba en el vasto campo literario»[6].
Conste, pues, que en España se leen las obras de Lingüística, aunque sean tan rematadamente lastimosas como la misantrópica que ha tenido la honra y gloria de llegar á la segunda edición, décima tirada; que si no se leen mejores, es porque no las hay.
No, no las hay, duelo da decirlo; somos los españoles unos grandísimos perezosos. Los estudios románicos están á la hora que corre en su mayor esplendor fuera de España, hasta los americanos han sido arrastrados en ese movimiento general. Pero en la Península no se sabe siquiera si han venido al mundo. Lo saben muy contados, pero cogidos entre la masa glacial de los que les rodean, no hacen esfuerzo alguno para desasirse y quédanse entre ellos formando el témpano nacional. No hay, aun entre la gente instruída y que lee libros ó revistas, quien apechugue con un artículo del Zeitschrift für Romanische Philologie.
Dicen algunos que se les cae la revista de las manos al pensar que de nada les ha de servir todo aquello, ya que no han de ponerse á escribir, so pena de gastarse los cuartos en imprimir lo que nadie ha de leer, que sus mejores deseos se estrellan en el menosprecio y las aviesas aficiones de nuestro público que no gusta se le hable de tales cosas. Y sin embargo ahí está la 2.ª edición, décima tirada, cobrando el barato. Si en vez de esas insulseces, se diera al público una buena Gramática histórica del castellano, razonada si es preciso, la cultura lingüística iría filtrándose en todas las capas sociales.
He oído por ahí que el ilustradísimo don Eduardo Benot, uno de los pocos que han tenido el atrevimiento de dar á luz un libro de estas cosas, tiene de la Academia el cargo de hacer una Gramática castellana. Mucha filosofía del lenguaje tiene en su cabeza el Sr. Benot para no salir con la empresa, si, como supongo, está además al tanto del romanismo moderno y ha revuelto muy bien revueltos y estudiados nuestros clásicos. Allá veo venir con la visera muy calada, acicateando los ijares de su tordillo, al no menos insigne D. Francisco Navarro Ledesma. Bienvenido sea. Si no hiciera más que desbaratar vejeces lingüísticas allanando el terreno, no hiciera poco.
El Sr. Alemany acaba de publicar un compendio muy á propósito para que el público se vaya enterando en la faena que ha de verificarse acá abajo en el coso. Pues digo, y lo que promete aquel otro de vistoso y variado plumaje sobre chispeante casco, cuyo corcel caracolea que no se da manos el caballero á sujetar tan fogoso bruto: por las señas es D. Edmundo González Blanco, autor de un artículo acerca del lenguaje en la «España Moderna», que parece va á ser el primero de una gran obra de Lingüística general.