La ironía y el gracejo en los refranes
Dicen que los refranes encierran la sabiduría popular. La hay, cierto, á vueltas de no poca gramática parda y de mayor inspiración poética. No hay regla de retórica que no pudiera confirmarse con un buen montón de refranes. Pero lo que me parece más importante es buscar en ellos el ingenio nacional, que se retrata en las maneras graciosas de formular la sentencia. La flor y nata es la ironía, en sus variados matices. No es del caso hacer aquí un tratado de ella; baste recordar que consiste en decir lo contrario de lo que se quiere dar á entender, por manera que la forma contradiga al fondo, quedando éste por lo mismo tanto más clavado en las mientes cuanto más entra en ellas por el choque y chispazo debido al contraste. Brilla así más la doctrina y queda más hondamente impresa. Además, no sé qué de encanto tiene para el hombre el mentir, que, ya que no mintamos por el fondo, nos contenta mentir á lo menos por la forma. Ello es que la ironía es la única mentira provechosa y la flor más delicada y olorosa del ingenio. Y esta flor es variadísima y rica en matices; el caso es que tenga alguna pinta de ingeniosa mentira. En tiempo y lugar, el perder es ganar, dice un refrán de singular consejo. Paradoja hay entre el perder y el ganar, y mentira parece que gane el que pierde. Pero ahondad un poco, y hallaréis que el dar tiempo al tiempo, perdiéndolo al parecer, es ganar, y no sólo cualquier empresa, sino hasta ganar tiempo. Dígalo si no la tortuga, que se fué paso tras paso, y llegó antes que el caballo, el cual perdió el tiempo con quererlo aprovechar harto de corrida. Cede el lugar al superior, humíllate, y pronto te verás ensalzado, ganando puesto y lugar con lo que parece lo perdías.
En todo hay bellaquería, si no es en la ropería, dice otro. ¡Cómo!, ¿que no lo hay en la ropería? Porque allí no hay simple bellaquería, sino grandísima bellaquería, en grado superlativo. Mientras discurres, el refrán te va entrando más y más, y cuando caes en ello, ves que el contraste entre la forma y la idea te dice que no es como las demás la bellaquería de los roperos, sino de grado especial, al punto de que esa bellaquería ordinaria no existe realmente entre ellos.
En todo se mete Peralvillos, como el agua en los cestillos.—No es que se meta, sino que con la misma facilidad con que se mete se sale, como el agua que se echa en cesto. Á no ser así, allí dentro se quedaría; y entonces, ¿cómo se podría ir á meter en otro asunto?
En muriéndome yo, todo se acaba.—Valiente pata de gallo, está uno por decir; á no ser que salte y diga: te acabarás tú, que los demás... Y con todo, ni aquello es verdad, ni estotro; y ni es pata de gallo ó simpleza de vara y media, sino gravísima cordura; ni es cierto que se acabará el que lo dice, y no los demás, porque para él todo se acabó, y él de sí habla, no del Papa Marcelo II, de quien nada sabe ni le importa una higa. Salgamos de tan hondas filosofías, que á fe nos habían de anegar á poco que en ellas nos detuviéramos. No hay verdad más colosal que la de ese refrancillo, vestido de bobo.
En Hornachos, todos los asnos son machos.—Tiene gracia la perogrullada. Eso quiso el refrán ó el pueblo que lo inventó: que os cayera en gracia. Pero guardaos, no haya más en la aldehuela, que suena. No sea algún chalán, que os capee con esa gracia para atraeros y vender su mercancía. Y así es la verdad, que los asnos de Hornachos son ó eran antes, que yo no los conozco, pero me consta que fueron tamaños como machos ó mulos. El equívoco tiene de la ironía no menos que de la paradoja, puesto que una cosa dicen á la vista y otra tienen en el anverso, y la gracia está en que, engolosinados con la mentira, busquéis con mayor afán la verdad, volviendo la moneda, que ese manosearla os la dará mejor á conocer y os hará que menos la olvidéis.
Y ya que por machos va, vaya aquel otro: En efecto, que el Rey era macho.—¿No lo entendéis? Decidlo ante un corro, después que Fulano haya mostrado su crasa y supina ignorancia en cualquier materia, y á buen seguro que lo entiendan todos y vos con ellos.
Soñaba Gil, el ciego, que veía, y soñaba lo que quería.—Gracia tiene en el ciego Gil ó en el ciego Menga; pero más gracia tiene, por lo menos más risa da, en Perico el de los Palotes, que se despepita por servir á Don Espera-un-rato hasta echársele por los suelos, ó se quema las cejas á caza de consonantes en el Diccionario de los ídem, creyendo muy á pie juntillas que con eso va á subir á la cima del Parnaso, ó... ó... Añadid aquí, que tela hay cortada para cualquier parroquiano del barrio de la Quimera.
Enderezaos, Lucía, que váis torcida.—Este refrán no tiene hoy aplicación con las señoritas, por estar de moda el ir sobrado de tiesas y erguidas, bien sacados el polisón para atrás y los pechos adelante, porque no todo sea figurín pasado con un asador.
Envaine vuestra merced, que bien lo ha hecho.—Podéis decirlo á muchos militares, no después que hayan dejado de un guantazo roja como un tomate la cara del pobre quinto que se salió de la fila ó trabucó el paso, sino cuando los sintáis á las espaldas por el olor á perfumes, en lo que (en Dios y en mi ánima que no miento) vencen á las damas más emperejiladas. Bien podéis decirles aquel otro: En cueros y con sombrero y guantes y pañizuelo.