El mitógrafo D. Estanislao Sánchez Calvo

Suena el reloj: las tres, y desvelado. Abro las contraventanas: ¡es de noche! Silencio... que parece bajar de la bóveda celeste. En el fondo azulado, sin fondo, chispean un sinnúmero de riquísimos brillantes de todos tamaños. Amontonados al azar en algunos puntos, en otros uno ó más solitarios parpadean vivísimos destellos. ¿Qué mano esparció ese puñado de pulverizada nieve que veo formar una franja de oriente á occidente? ¿Á dónde se ha ido á ocultar en ese mar sin orillas el disco plateado de la luna, que días atrás navegaba silenciosa derramando por el espacio el cándido sosiego de su tenue palidez?

Toda esta palabrería me parece tan desapacible, tan tosca, tan barroca, al querer expresar lo que estoy sintiendo ante la vista del cielo estrellado, que me voy á callar, y seguiré contemplándolo embebecido en casto silencio. ¡Cuántos antes de mí os habrán mirado suspensos y meditabundos como yo! ¡Yo no soy el primero que os miro embelesado! ¡Qué de cosas habréis sugerido al corazón de las generaciones que ya no os volverán á preguntar el misterio de nuestra existencia! Desaparecieron ellos mismos en ese hondo tan misterioso de la muerte, como del que habían nacido y del que he nacido yo también. Y vosotras, luces silenciosas, ¿desde cuándo estáis ahí brillando? ¿De dónde venís? ¿Á dónde váis? Los griegos, sabios y soñadores á la vez, te veían, lucero de la mañana, que ahora te levantas sobre el horizonte, cual si salieras del fondo del mar, goteando blanquísimas espumas. ¿Cómo no envidiarte, oh rojo Marte, tu ventura al contemplarla tan bella y deslumbradora?

Allí las hyades destilando rocío. Acullá Arturo dirigiendo sus bueyes y su carro. ¡El pulgarcito, cuya historia me contaban de niño y que he oído conocieron los Richis del Sapta-Sindhu! Al lado la osa, y entre ellos retorciendo sus anillos la serpiente. Y la lira, y el can, y el cochero, y Perseo. Todos érais dioses para aquel pueblo poeta y filósofo. ¿Quién, sino vosotros, podía engendrar y traernos la lluvia, el calor, la nieve, los vientos?

¿Quién podía cuajar en las entrañas de la madre tierra los ricos filones de plomo argentífero, tan codiciado por los mercaderes fenicios, cuando venían desde las costas de Siria á las nuestras de Andalucía, lo cargaban en sus largas naves y lo llevaban á todos los puertos del Mediterráneo? Sólo tú, Saturno, padre de Júpiter, abuelo de los dioses. ¡Neptuno! tú reinabas con tu tridente desde el carro de delfines sobre el líquido elemento; y tú, Urano, derramabas la lluvia que fecunda el seno de la tierra. Rodeado de los satélites de tu corte, te paseas, benéfico Júpiter, por las nubes del Olimpo, gobernando con el pestañear de tus ojos, con el movimiento de tu celestial cabellera los acontecimientos de los mortales, que bullimos cual enjambre en este bajo suelo y nos arrastramos cual imperceptibles gusanillos. Á tu disposición el águila que nos augura tus designios, el trueno que nos anuncia tu encono, el rayo con que hieres al culpable, Mercurio, tu heraldo y alado mensajero, tu ministro de fomento, que enseñó á los hombres la medicina, el comercio, la industria.

Hubo un tiempo en que los griegos todavía no habían fantaseado todos estos entretenidos y sabios cuentos, por la sencilla razón de que no habían aún nacido. Ni siquiera habían venido á Europa sus progenitores, los pelasgos, los de las moles giganteas levantadas con peñascos en Tirinto y Micenas. El nombre romano no había sido pronunciado por humanos labios. En fin, que antes de estas y de otras muchas naciones, vivió una raza de hombres, los primeros que vieron la luz del sol, los primeros que admiraron, como estoy ahora admirando yo, la majestad del cielo en una noche serena, como ésta. También aquellos hombres tenían ojos para ver y fantasía para dar en ocurrencias tan geniales y para urdir y tramar comedias tan bonitas, como las de los mitos que urdieron y tramaron los griegos, sus sucesores. Sólo que, como más en contacto con la naturaleza, como niños de la humanidad que acababan de abrir los ojos á la luz del sol, (¡ó quién sabe si de la luna!), debieron de quedarse todavía más atónitos, maravillados, asombrados y absortos ante el espectáculo que les rodeaba. Algo diría á su corazón infantil la vista de esa llanura sin límites, líquida y movediza, que llamamos el mar, sin orillas y sin fondo; algo ese horno de fuego que viste de colores las flores, de verdor los valles, de un azul tenue las montañas allá lejanas y de blancura inmaculada sus altas y empinadas crestas; algo el murmujear del viento, el temblotear de las hojas en las selvas, el discurrir de las mansas ondas entre las guijas del riachuelo, el retumbar de la tempestad, el cantar de tanta variedad de canoras aves. Etcétera, etc. Todo eso lo han cantado los poetas en mil tonos, ya sinceros, que salían como gemidos arrancados del fondo del alma, ya convencionales y falsos en los salones de sociedades embusteras. Aquellos primeros hombres creo que debieron ser poetas verdaderamente sinceros, porque sentían, lo que se llama de veras. ¿Qué pensaron del mundo, de su origen, de los fenómenos que veían sucederse sin intervención ninguna de su voluntad, antes muchas veces contra lo que ellos hubieran deseado? ¿Quién hablaba en el trueno, quién miraba desde el sol ó atisbaba desde las estrellas, quién alentaba en el céfiro ó soplaba airado en el vendaval, quién se entretenía en rizar y revolver las olas del océano? Sin duda tenían que ser algunos seres más superiores que ellos mismos, seres que conocían, veían, oían tanto y tan bien como ellos, y de una manera más levantada y recóndita. El problema del universo, el problema de la vida, del origen, del destino del hombre, quedaba planteado. De aquí arrancan la filosofía y la religión, que han tratado de resolver ese pavoroso problema.

Si hemos de dar crédito á los Gritos del combate, en los que un gran poeta español ha sintetizado los sentimientos de la actual generación, ese problema aguarda todavía solución en el pecho de muchas almas. Ciertos glaciales vientos, venidos de la septentrional Germania, han congelado en el corazón de la actual sociedad las creencias y esperanzas que habían florecido en las sociedades de otros siglos más religiosos. El indiferentismo ha agostado la fe plantada por Cristo. Pero el problema subsiste, y si su historia es tan interesante por encerrar el pensamiento de la humanidad, su primer origen, su prehistoria, lo es todavía más, ya que nos puede llevar á la raíz misma de donde arranca, y conocido el origen ó causa de un fenómeno, queda á descubierto su misma naturaleza y esencia. He aquí por qué tiene y tendrá siempre interés el estudio de la antigüedad y de la historia, y sobre todo de sus orígenes. La Lingüística ó ciencia de las lenguas, y la Mitología ó ciencia de las religiones, son los únicos medios que poseemos para internarnos entre las nieblas que más allá de la historia rodean los orígenes de la humanidad. Las palabras que hoy empleamos son monedas, desgastadas, sí, en parte, por el roce de los siglos, pero que habiendo sido acuñadas en aquellas épocas remotas, á donde no alcanza ningún otro monumento histórico, nos permiten descifrar en su carcomida leyenda lo que pensaron, filosofaron y creyeron las primitivas gentes. Las lenguas son los archivos del pensamiento humano, en ellas damos con los documentos más fehacientes que nos dicen las ideas que pasaron por la cabeza de los hombres hace veinte, treinta y cuarenta siglos. Pero dentro de ese archivo hay un anaquel privilegiado, donde se han coleccionado cuantos datos atañen á los dioses, quiero decir á la personificación de las creencias de los primeros hombres, de sus ideas religiosas, personificaciones creadas por el espíritu filosófico y vestidas de su rica y multicolor vestimenta por la fantasía poética de la primitiva humanidad: ese anaquel son los nombres de los dioses. El primero que tuvo la idea de entrar en ese archivo y dirigirse á ese anaquel fué Platón. Por orden suya en el diálogo llamado Crátilo vemos á Sócrates y á Hermógenes revolviendo este tumbo religioso, que pocos años hace ha vuelto á desempolvar el insigne lingüista Max Müller, fundando así la Mitología comparada. En España, triste es confesarlo, la Lingüística y la Mitología son ciencias que hoy no se cultivan. Consolémonos con que no son las únicas que están en este caso. Dignísima excepción ha sido el genial, erudito y profundo pensador D. Estanislao Sánchez Calvo, cuya memoria acaban de honrar los asturianos. Por todas partes en Asturias he oído encarecer la agudeza y profundidad de su ingenio, la finura exquisita de su trato, la amenidad de su conversación, el tino que poseía para entreverar sus discretos razonamientos con algún dicho festivo ó sazonada conseja, que él sólo había sido capaz de atesorar con sus vastas lecturas.

En su obra Los nombres de los dioses aparece su personalidad tal como me la han pintado los que le conocieron. Tiene puntos de vista filosóficos, profundos y originales. Pero lo diré desde luego, su defecto es el de la mayor parte de nuestros intelectuales: la falta de educación literaria, sólidamente dirigida y metodizada, la falta de verdadera disciplina, que encauce y aproveche tanto derroche de dotes naturales. Increíble parece que un talento como el suyo, que comprendió lo que vale la Lingüística en el asunto de que trata, no llegara ni á barruntar lo que es la Lingüística. La ensalza hasta las nubes, la proclama como la única que ha de hacer caer el velo de Iris, pretende servirse de ella en todas sus investigaciones, y... no tiene un átomo de ciencia Lingüística moderna, no la entiende; la entiende á la manera de Becano, de Tomassin, de Varron. Todas sus investigaciones particulares son por lo mismo, telas de araña, que se deshacen al solo contacto de una mirada: al ir leyendo, el más profano en achaque de lingüística, va destruyendo mentalmente tan aéreas y telarañescas fantasías. No bastan ingenio, lectura, ni aun criterio: sobre todo en materias de tan exquisita exactitud como las matemáticas y la lingüística, es indispensable un largo y sólido aprendizaje, una formación lenta y metodizada. El lingüista no se improvisa: aun dejando aparte el conocimiento de las lenguas, que exige largos y penosos trabajos, el manejo del método moderno, el conocimiento de los resortes de la fonética, no pueden ser fruto sino de un largo y bien dirigido ejercicio. La enseñanza, como actualmente se halla en España, es la más á propósito para que no pueda darse un verdadero lingüista, y ni aun un verdadero hombre de ciencia entre nosotros. Basta de jeremiadas, y vuelvo á nuestro insigne asturiano, que, por lo dicho yo considero cual exuberante planta tropical, pero nacida en clima poco adecuado y cuyo cultivo estuvo desatendido. Observaciones atinadísimas se hallarán, cual brotes naturales y espontáneos, en cualquier página de sus obras.

De la naturaleza de los dioses nada sabemos, había dicho Platón; pero por sus nombres podemos conocer lo que han pensado de ellos los pueblos. Y en el Crátilo intenta descifrar esos nombres por medio de la lengua griega, aunque confesando que otros se tomaron de los bárbaros. Aquí nuestro escritor: «El error de Platón y aun el de muchos mitógrafos modernos consiste en querer averiguar ó descubrir el significado ó sentido de los nombres míticos en la lengua misma del país en que recibieron culto». Indra, Pardjania, Aditya, no son, efectivamente, nombres sánscritos, ni tan siquiera ariacos; Apolo, Athene, Baco y Perséfone no son nombres griegos, ni aun pelásgicos: como no son castellanos de origen Dios, santo, diablo, demonio. Querer interpretar tales nombres por el griego ó el sanskrit, es como querer interpretar estos otros por el castellano. Al nombre de ¡o demo! huyen las viejas en Galicia, y si no huimos nosotros al de ¡demonio! es porque somos ya tan malos como él; que otra cosa hacen las monjitas en el claustro. Pues ahora oigamos á Sócrates: «Yo afirmo que todo el que es demonio, es decir hombre de bien, es verdaderamente demonio durante su vida y después de la muerte, y que este nombre le conviene propiamente». Los demonios para los griegos eran los dioses de la edad de oro: el cristianismo les ha puesto los cuernos y el rabo. ¿Qué hace Sánchez Calvo? Acude á otras lenguas más antiguas, á las turanias y al éuskera. Á la civilización semítica de la Caldea precedió otra turania, que le legó su escritura cuneiforme. Los semitas se valieron de ella; pero los nombres de cada signo eran letra muerta para ellos, sólo tenían significado en la lengua turania preexistente. Los modernos han reconstituído no sólo la lengua asiria y toda la historia de Nínive y Babilonia, escrita en la lengua semítica cuneiforme, sino hasta la lengua turania que se encerraba en aquellos signos, la lengua llamada acadiana por unos, por otros sumeriana. Razón hay, pues, para acudir al turanismo, cuando las lenguas arias no dan más de sí. ¿Y el éuskera? Ni siquiera saben muchos españoles qué lengua es. Allá antes de los albores de la Historia, ha descubierto la Prehistoria la existencia de varias razas, que ocuparon el suelo de Europa antes de los arios, sean éstos celtas, pelasgos, griegos, romanos, germanos ó eslavos: las razas de Canstadt, de Cro-magnon ó guancho, de Furfooz. Aquellas antiquísimas razas sólo nos han dejado grandes pedruscos (megalíticos), hachas y flechas de piedra y hueso, y espesos montones de conchas y otros relieves de sus primitivos banquetes. Si nos hubieran dejado un solo libro, algo más sabríamos de ellos.

Ahí está un libro y bien voluminoso: es el Diccionario bascongado. Los bascos ó euscaldunas pertenecen á una de aquellas razas; su lengua es el bascuence ó éuskera, que significa el habla. Con razón acude, pues, á ella nuestro docto asturiano. Este nuevo derrotero, abierto á la Historia y á la Mitología comparada en las primeras líneas de su obra, bien merecía que á su autor se le considerara como á un escritor genial, por lo menos, por no decir como al fundador de la Mitología comparada del porvenir. No es esto sólo; él ha dado los primeros pasos por el nuevo camino y ha puesto los primeros jalones. El primero como punto de partida, el segundo como método. La noción de Dios en el hombre crece ó disminuye á medida que crece ó disminuye el pensamiento humano. Los mitólogos modernos asientan que la religión primitiva de los arios fué muy parecida á la de los salvajes de África ú Oceanía: el fetichismo. Sánchez Calvo se coloca enfrente de este punto de partida y dice: Si el fetichismo no es más que la adoración de una forma cualquiera material, sin representación metafísica ninguna, en este caso el fetichismo no pudo ser de ningún modo la primera fase teológica de la humanidad. No se concibe que el hombre primitivo rindiese culto á un objeto natural sin ver en él la imagen ó la morada predilecta de un poder misterioso, invisible, pero manifestándose en ciertos fenómenos; y entonces deja de ser tal fetichismo y se convierte en una idolatría vulgar. El verdadero fetichismo no existe, pues, sino como una degradación en muy pocos pueblos, y aun en ellos, si se investiga bien, se encontrará seguramente un resto del animismo ó del espiritualismo primitivo. Hay que estudiar en la humanidad la idolatría, es decir, la adoración de un ente metafísico desconocido, pero cuya existencia deduce el hombre de manifestaciones de fuerza ó inteligencia que observa en los fenómenos de la naturaleza. El elemento metafísico se impuso al hombre desde el momento en que empezó á hacer uso de su razón por medio del principio de causalidad. Los hombres prehistóricos de la edad del bronce, del reno ó de la piedra, eran espiritualistas ya, creyendo en multitud de agentes animadores de la naturaleza, al observar sus movimientos, ni más ni menos que aquel perro que ladraba á un paraguas movido por el viento.