Cuanto al método, el Sr. Calvo se decide terminantemente por la lingüística comparativa de todas las lenguas. La religión y la mitología son contemporáneas de la razón humana; por consiguiente, ni el griego ni el sanskrit, que son de ayer, bastan para descifrar los nombres de los dioses, que proceden de la primitiva humanidad. Los mitos no pueden ser comprendidos y apreciados, dice Grote, si no se refiere uno al sistema de concepciones y creencias de las edades en que nacieron. Pero ¿dónde encontrar ese mito primitivo, y á qué raza ó á qué pueblo hemos de recurrir para verle nacer? Le encontramos formado y más ó menos joven en el Aria, en Grecia, en el Lacio y en Germania, en Asiria y en Israel; mas ¿dónde puede estar su cuna? La lingüística es el único y más poderoso auxiliar que en este caso se presenta. De aquí que el autor nos hable luego de la lingüística, y después del turanismo y del éuskaro, como fuentes las más antiguas que nos pueden llevar á la lengua primitiva, á la cual pertenecen los nombres mitológicos. Si después, á pesar de partir de donde debía y de emplear estos medios de investigación, nada ha conseguido nuestro abortado mitólogo en los demás capítulos de su obra, débese, ya lo he dicho, al completo desconocimiento que tenía de la verdadera lingüística, que es el método moderno, comparativo é histórico. Saquemos, pues, como moraleja de estas líneas, que aunque es verdad que quod natura non dat, Salmantica non praestat, no lo es menos que las mejores condiciones naturales dan frutos abortados, si no se cultivan con una severa y larga disciplina literaria.

Motes ó apodos

Los motes ó apodos son de suma importancia en el estudio de un idioma. De ellos nacieron la mayor parte de los nombres y apellidos, cuyo estudio ha ocupado á muchos escritores, que han impreso libros sobre este particular. Conocido es el de Godoy y Alcántara sobre los apellidos castellanos. Puede decirse que se reduce á una lista por siglos y categorías de una buena cantidad de apellidos, cuya etimología, cuando pretende desentrañarla, no aparece en general muy clara. Pero, sobre todo, no se halla en él idea psicológica de ninguna especie. Y, con todo, lo más curioso de apellidos, nombres y motes es lo que de ellos se desprende para el estudio psicológico del pueblo que los formó. En este particular, los motes son todavía más importantes, por ser, digámoslo así, los nombres en su primera edad, cuando aún están frescos, tiernecitos y flamantes.

Si se pudieran reunir todos los apodos que hoy suenan por toda España, formarían un caudal de vocablos tan abundante como el del Diccionario castellano, y aún más, porque hay muchos motes que sólo se emplean como tales y no son del uso ordinario del habla.

Lo más sabroso, sin embargo, y á la vez lo más instructivo que habría en esa lista, sería ver, como en un cuadro, el ingenio poético y filosófico de nuestro pueblo.

Y nótese que ahí es un grano de anís el ver de una manera tan clara y pintoresca el colorido de la fantasía y la penetración de la inteligencia de una raza.

Pero como los españoles tenemos otras cosas de más tomo en que entretenernos, y gracias que no haya hecho asomar en mis lectores la risa á los labios al ver que escribo un artículo sobre cosa tan baladí como son los motes, tendré que contentarme con los pocos recogidos por mí, aguardando que mis amigos, ó los que por estas cosas se tomen algún interés, me vayan enviando listas de motes fehacientes y verdaderos, de cualquier parte que sean.

Poesía y filosofía he dicho que encierran los apodos. Son obra natural, espontánea del pueblo. Pero el pueblo no habla; hablan los individuos que lo forman, y no cualquier hijo de vecino es quién para inventar y poner un apodo, sino los listos, los chistosos, los chuscos.

Ingenio es menester para dar con un mote que venga á pelo, que choque y dé golpe. Y á fe que en España todo eso abunda como en ninguna parte. ¿Cómo concibe el chusco que inventa un apodo el carácter ó la facha exterior de la persona á quien se lo aplica? Como otra cosa á las veces muy diferente, pero que tiene con ella un punto de contacto. La metáfora interviene, pues, aquí, y el chusco da gallarda muestra de su penetración y de su fantasía: es un verdadero filósofo y un verdadero poeta. Filósofo, porque tiene ingenio para saber coger en la persona el rasgo más saliente que le caracteriza; poeta, porque en su fantasía surge por la metáfora la imagen de otro objeto que remeda ó pinta ese rasgo saliente.