Aquí hay, pues, un problema que merece estudiarse y resolverse. La cuestión la juzgo grave y de interés para las letras españolas. No da esas voces un loco de atar, ni las echa al viento un D. Quijote entre las risas de los que le escuchan; salen envueltas en ciertas teorías filosóficas, ó que filosóficas parecen, se proclaman en estilo sugestivo, sentencioso y halagador, escúchanlas con aplauso y se las apropian con cariño no pocos jóvenes, entusiastas de lo nuevo y apasionados por una cultura novísima, que se imaginan entrever para gloria de la patria en el horizonte arrebolado, juntamente con toda una nueva filosofía del arte, una no menos flamante evolución del pensamiento. Repito que es cuestión de gravedad. Forma parte de eso que llaman modernismo, proteo inasequible que, en resumidas cuentas, no parece ser otra cosa más que una nueva manera de pensar y de ver las cosas, que en el actual momento histórico no ha acabado de tomar forma concreta ni color bien definido, por hallarse todavía en fermentación. En este estado evolutivo del pensamiento, en el cual luchan ideas antiguas é ideas modernas y andan barajados problemas de diversa índole, literarios, filosóficos, económico-sociales, religiosos, según sean los ingredientes que los más avisados ó los más atrevidos echen en la cuba, así habrá de resultar un vino de una ú otra calidad, de inesperado color, fuerza y dejo, suavísimo néctar al paladar de los dioses, ó emponzoñado brebaje para nuestros tristes nietos.
Rodríguez Marín es un cervantista. Los cervantistas han echado á perder á Cervantes, han hecho de su persona un ídolo intangible y de sus obras un Corán envuelto en sedas, oculto entre la balumba de comentarios, propiedad exclusiva de algunos iniciados y libro sellado para el pueblo. Todas estas sandeces se han dicho; y á no serlo, sino cargos justificados, Rodríguez Marín sería uno de los sacerdotes de autorizadas ínfulas, de mirar severo y melancólico, que con cara de pocos amigos se encierra allá, en lo más recóndito del santuario, y con refinado egoismo roba á los demás lo que es de todos, gozando á su sabor y á sus solas lo que debiera ser propiedad de los profanos. Pero Rodríguez Marín lo que hace es purificar una novela de Cervantes, explicarla con notas que aclaren las expresiones en que el lector pudiera tropezar, engastar el lindo lienzo en un marco de oro, cuyos bajos relieves son escenas de la vida sevillana, del ambiente que da luz á las escenas de la novela, y entregar á los profanos todo ello, diciendo: leed y entended á Cervantes; asimilaos, los artistas, su estética, su manera, su visión de la naturaleza, su estilo, su lenguaje; disfrutad, los no artistas de profesión, de una de las joyas del arte literario más español y más exquisito, y... dejaos de novedades ultrapirenaicas, que ni de estuche digno pudieran servirle.
Y para componer este libro se metió Rodríguez Marín á ratón de bibliotecas y archivos. Figurarse que una obra de arte sale de la cabeza del artista, cual Minerva, armada de todas armas, de la cabeza de Júpiter, es hacerse una muy triste figura por empresa quijotesca de sus ideales literarios. La Iliada no nació como aislada seta en el otero, por más que nada sepamos del arte que le precedió. Toda obra de arte arraiga en la tradición literaria y tiende su follaje hacia el cielo del porvenir. No hay dar un paso adelante sin avanzar el pie derecho; pero tampoco sin afianzar atrás el izquierdo. Toda obra literaria es producto á medias del ingenio inventivo de su autor, á medias del ambiente y de la tradición literaria. Toda literatura tiene su arraigo en la tradición, y en el ambiente tradicional de ella brota toda obra artística. Tener potencia visiva bastante á ahondar hasta el alma de la literatura nacional y saberse apoderar de esa alma, y hacerse dueño del ingenio característico que vivificó sus obras, es condición no menos indispensable que el poseer la necesaria inventiva para producir algo que sea nuevo. La creación espontánea es una quimera, que ahora parece sueñan en resucitar algunos naturalistas. La materia preexistente, de la cual ha de fraguar algo nuevo el artista, no se limita al mármol, á la pluma y papel, ni siquiera al lenguaje recibido, sino que se extiende al mundo de las ideas tradicionales, de los sentimientos de la raza, del alma nacional.
Y he aquí la genuina noción del loable casticismo en el lenguaje, y de la filología, ó conocimiento del pasado para penetrar en el alma de la raza. El ratón de bibliotecas y archivos es el que rebusca y entresaca de los empolvados papeles y cartapacios ese casticismo del hablar, del pensar, del sentir, para provecho propio y de los demás: ese ratón se llama filólogo. Rodríguez Marín lo es de todo en todo. Ese sentir, ese pensar, ese hablar castizamente españoles, esa alma española, palpita en todas sus obras, y más en la última de Rinconete y Cortadillo.
Por eso es un libro que se lee con gratísimo placer, que se saborea como una sabrosísima fruta del cercado propio, del huerto nacional, del huerto de casa. No andan en él envueltas las ideas en nebulosidades septentrionales, ni hastían los sentimientos, cual los de literaturas artificiales y gastadas, ni rechinan las palabras cual guijarros esquinudos, arrancados á otra lengua de ritmo y fonetismo más rudos y ásperos que á lo que estamos hechos. Todo es de casa, y de cuando nuestra casa estaba bien en pie y se bastaba á sí misma y aun le sobraba para dar á los vecinos.
Las cosas más soberanas se prestan más á ponerse en ridículo. Con dos cornados de jengibre y pimienta de la abacería de enfrente, un mediano escritor espolvorea al filólogo y lo presenta ante las gentes convertido en ratón de biblioteca.
Pero estudiemos ese ratón, despolvoreándolo de la pimienta y del jengibre.
Hay dos castas de literatos. Unos rebuscan la tradición, la estudian, la dan á conocer: son los filólogos (no confundirlos con los lingüistas, que sólo tratan del lenguaje y de los idiomas como objeto final de investigación). Otros se aprovechan de esos sudores de los filólogos, elaboran la materia prima y cosechan los frutos de lo que otros sembraron: son los artistas de la palabra. Sin los primeros, los segundos no tendrían qué segar. Y aún hay segadores que después de coger á manos limpias su cosecha se enfurruñan y menosprecian á los que se lo sembraron. Vense más raras veces literatos que son ambas cosas: Goethe no era un Zorrilla, había estudiado y apropiádose honda y extensamente el arte clásico. Menéndez y Pelayo, contra quien he oído pullas medio enmascaradas y aun descubiertas, es un maestro, el único maestro que tenemos: es filólogo y artista de la palabra. Rodríguez Marín es de la misma cepa, discípulo del maestro, que será maestro á su debido tiempo. Portentosa es la cantidad de hallazgos y novedades literarias con que nos regala en Rinconete y Cortadillo; y no menos portentosa la habilidad con que ha sabido valerse de esos sillares extraídos de bibliotecas y archivos para volver á reconstruir y levantar ante nosotros la ciudad de Sevilla del siglo XVI, en su físico y en su moral, con sus antiguos edificios y las costumbres y lenguaje de sus habitantes. No apreciarán la obra del artista los que con ese nuevo módulo de vaga é incierta medida sólo quisieran un arte entrecrepuscular, cual en noche oscura sueña la despierta fantasía castillos aéreos medioevales, de abigarrado conjunto, de no medibles torres, sombreados los cimientos por boscajes de trópico, y escondidas las almenas entre nubes de dudoso presagio; ó cual llegan á nuestros oídos voces semisonoras de una lejana música, revueltas con el rumor confuso de las hojas de la selva, de las ondas del riachuelo y de otros mil susurros de la naturaleza. Poesía adormecedora, que arrulla sentimientos vagos, y que confieso me halaga, cuando brota de la lira de un buen poeta; pero que no pondrá jamás en olvido ese otro arte español, sevillano, cervantino, de colores soleados por el radiante sol de Andalucía, de aristas bien salientes, de vida bullente y meridional. El idealismo soñador y romántico no apagará con sus nebulosidades los destellos del naturalismo sano, que brilla en nuestra más castiza literatura.
Tampoco verán con buenos ojos la labor erudita y filológica de Rodríguez Marín los que creen trabajo infecundo esa tarea oscura entre viejos papeles, que da poco brillo y pesa menos en la balanza crematística del que busca juntamente con la honra el provecho. Quizá el temor al trabajo, la mancillosa pereza, sea la que dicte ese fallo desde el fondo del corazón, y quién sabe si la envenenada y envenenadora envidia retuerce á la par allá adentro su ensortijada cola. Todo pudiera ser, y de menos nos hizo Dios, y almas agusanadas hay en todas partes, como entre las manzanas de la pomarada al caer del verano.
Canten, pues, cuanto quieran y como quieran las perezosas cigarras, y dejen al ratón en su biblioteca, no roer papeles, sino comerse la polilla que los pudiera gastar. El día que no haya ratones no habrá cigarras. Esos graves maestros que desentierran los monumentos de la venerable antigüedad, son los que dan consistencia y estabilidad al movimiento literario, para que en alas de la vivaracha juventud no se lo lleve el viento de la novedad; ellos son el contrapeso grave de la balanza, el Senado ante el Congreso, el elemento conservador ante el revolucionario. Y todo hace falta: entre dos polos opuestos gira el globo y voltean todas las cosas humanas.